“Poner a parir”

La expresión tiene evidentemente un origen muy antiguo, dada su naturaleza. Cuenta Heródoto que en la antigua Esparta era normal que cuando una mujer superaba los nueve meses de embarazo, otras mujeres fueran a su casa para discutir violentamente con ella. Era el momento donde las mujeres sacaban fuera todos los trapos sucios y todos los reproches que se habían guardado durante la gestación para evitar problemas al niño. Aunque no supieran explicarlo desde un punto de vista médico, las discusiones acaloradas hacían que las embarazadas rompieran aguas con mayor facilidad, lo que precipitaba un parto que de otra forma se habría podido alargar algunas semanas. Este rito tenía además una doble función para la ciudad. Por un lado, el hecho de que las espartanas tuvieran estos momentos de gran sinceridad en un punto crucial de sus vidas ayudaba a reforzar los lazos de unión dentro de la población; además, si el bebé era un varón, los espartanos pensaban que llegar al mundo en un ambiente de hostilidad y disputas forjaría su carácter desde el nacimiento. Por estos motivos era normal la expresión “ir a poner a parir a alguien”, porque se esperaba de verdad que la discusión ayudara a acelerar el parto.

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