Mes: diciembre 2013

“Llevarse a alguien al huerto”

La expresión se remonta nada menos que a la Granada nazarí de finales del siglo XIII, cuando el sultán Mohamed II estaba terminando lo que hoy conocemos como Generalife, pero que era conocido de forma despectiva entre la población de las localidades limítrofes como “el huerto”. El sultán, del que dicen las crónicas era un atractivo hombre de piel cetrina, era un gran mujeriego y de hecho, aunque nunca se ha confirmado, parece que el Generalife no era otra cosa que un lugar en el que impresionar con sus encantos y sus fuentes las damiselas de las embajadas que recibía. Por eso a menudo los campesinos, para humillar las ricas comitivas que salían de vuelta del palacio salían a menudo a su paso a gritarles: “¿Qué, el sultán se ha llevado vuestras hijas al huerto?”, un chascarrillo que terminó más de una vez en tragedia.

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“Ponerse las botas”

Una expresión muy típica de estas fechas pero que tiene un origen muy poco navideño. De hecho, la expresión se difundió en la España de finales del siglo XV, durante la conquista de Granada. Con el ejército castellano-aragonés ya a las puertas de al ciudad califal, Fernando II de Aragón decretó que los soldados habían de tener ración doble de comida en todas las tabernas cercanas al frente. En aquella época el signo distintivo de los soldados cuando circulaban por las ciudades eran sus enormes botas, que llegaban en ocasiones por encima de la rodilla. Es por eso que entre la picaresca de las localidades limítrofes muchos comenzaron a confeccionar botas muy parecidas a las de los soldados, para presentarse en las tabernas con la intención de obtener una abundante comida. Por eso la gente llana comenzó a utilizar “me he puesto las botas” para indicar que habían comido de manera ingente.

“Tener un trancazo”

Que actualmente significa “estar muy resfriado”. Aunque nunca se llegó a confirmar el origen de esta expresión se cuenta que nació así: como es sabido, María Cristina de Borbón Dos Sicilias, última esposa de Fernando VII, se casó después de la muerte del rey con su guardia de corps Agustín Fernández Muñoz y Sánchez. Parece ser que esa relación comenzó incluso algunos meses antes de la muerte del monarca. Ya cuando Fernando VII había caído enfermo, la reina salió una noche para encontrarse con su amante. Al volver, confesó a su dama de compañía que el guardia “tenía un buen trancazo” refiriéndose evidentemente a ciertas medidas íntimas del sargento. Cuando Fernando VII la oyó desde su lecho y comenzó a gritar, la reina tuvo que inventarse deprisa la siguiente excusa: que en Tarancón (lugar de nacimiento del guardia) y en algunas zonas de la provincia de Cuenca se utilizaba “tener un trancazo” para referirse precisamente al constipado. El médico del monarca, que se encontraba en la habitación en ese momento, corroboró la tesis de la reina infiel sabedor de que un disgusto de ese tipo habría acabado en pocos días con la ya delicada salud del Borbón. A partir de ese momento en la corte todos se esforzaron por utilizar la expresión para evitar que el estado del rey se deteriorara, por lo que al final poco a poco fue saliendo de palacio y llegando a la calle.

“Estar al loro”

Que significa “estar muy atento”. Durante la circunnavegación del globo terráqueo por parte de Sir Francis Drake (1577), el famoso navegante inglés llevó consigo nada más y nada menos que su mascota, su loro llamado “Stempert”. Cada día por la mañana Drake dividía las tres principales tareas entre sus segundos de a bordo: uno iba al timón, otro a las velas y un tercero “al loro”. Esta última tarea no implicaba sólo los cuidados de Stempert, sino también todas las tareas de vigilancia dentro del barco y de avistamiento de posibles barcos enemigos. Es por eso que a quien le tocaba “estar al loro” (to the parrot) no podía concederse un minuto de pausa. La expresión se hizo tan popular que incluso en los barcos donde no había ningún animal, empezó a utilizarse para referirse a las tareas de vigilancia. Debido a los múltiples enfrentamientos de Drake con la flota española a finales del s. XVI la expresión comenzó a utilizarse también en España y en las Indias.

“Me la trae al pairo”

que significa, para el que no lo sepa, “no me importa lo más mínimo”. Alpairo du Guimaraes era el último hijo del rey de Portugal João III. Se dice que su inteligencia y sus dotes para el gobierno estaban muy por debajo de la media, por lo que su padre, para evitar que Alpairo se sintiera discriminado respecto a sus hermanos, insistía en mandarlo en misiones tan sencillas como innecesarias para el reino. No sólo, cada vez que Alpairo volvía de una de sus misiones, João convocaba a todos sus ministros y exponía la conclusión de su viaje, por ejemplo: “Se nos informa que en la ciudad de Setúbal existen ochenta y tres casas que miran a poniente: esta noticia nos la trae Alpairo”. Es por eso que los ministros y el personal de la corte comenzaron a utilizar esta expresión con tono jocoso y burlón para decir “no me importa nada”.

“Tener la cara muy dura”

Después de la quiebra de 1627 durante el reinado de Felipe IV, en España proliferaron las imitaciones de algunas de las monedas de mayor circulación, como el escudo o el real. Los hubo incluso más osados que se lanzaron a la reproducción del doblón de oro, una moneda de alto valor con la que se podían adquirir alimentos en abundancia para una familia media. Como nadie iba a ir al mercado a comprar con un doblón, los falsificadores se dirigían primero a los cambistas, de los que intentaban obtener las monedas más pequeñas. Al inicio pocos se dieron cuenta de la falsedad de los nuevos doblones, pero poco a poco empezó a correrse la voz de que las monedas trucadas presentaban imperfecciones en la parte de la cara, donde se acumulaba la mayor parte del hierro de la aleación, mientras que el estaño iba a parar a la cruz. Por lo tanto de estas monedas se decía que tienen “la cruz muy blanda y la cara muy dura”, una frase que pronto se acortó a la segunda parte, dando pie a la palabra “caradura” con la que se referían a los falsificadores.

“A toda hostia”

Que significa “muy rápido”. En el asedio al que los cruzados sometieron Constantinopla en 1204 una de las tácticas que estos emplearon para lograr información de la ciudad bizantina era colocar espías durante las misas más importantes de la ciudad, donde a menudo se daban consignas generales a la población. Cuando el emperador Alejo IV se percató de estos espías, y ante la imposibilidad de identificarlos correctamente, ideó un nuevo sistema de claves que permitiría despistar a los intrusos y prolongar la defensa de la ciudad: bastaba dar unos consejos falsos durante la misa y hacer unas señales en las hostias consagradas para que los oficiales del ejército supieran cómo prepararse. Estaba la señal “cocer el doble de pan”, “posible ataque de catapultas” o “día de reposo”. Como el margen de tiempo era muy escaso entre las grandes decisiones sobre la guerra (que se tomaban en el consejo de ministros de noche) y las misas (que se hacían a primera hora de la mañana), el trabajo de marcar las obleas había que hacerse a gran velocidad: no sólo el signo sino también la distribución a todas las iglesias. Es por eso que mientras se trabajaba se repetía a menudo “hay que hacerlo a toda hostia, a toda hostia!”, porque dejarse una sin marcar podría resultar fatal. Fue a partir de entonces que comenzó a utilizarse la expresión para las cosas que han de hacerse rápidamente.

“Sacar las castañas del fuego”

La expresión hace referencia a un episodio que desgraciadamente no ha sido recogido de forma directa por ninguna fuente. Se cree que fue durante la guerra que Julio César libró en el norte de Egipto contra Ptolomeo XIII que comenzó el incendio que destruyó la mayor parte de los volúmenes de la Biblioteca de Alejandría. Cuando Cleopatra se enteró de semejante tragedia, rogó a César que salvara al menos su obra preferida: “Las castañas” de Aristófanes, una comedia de la que no tenemos muchas más noticias. Parece ser que fue el mismo César quien aprovechó de la confusión en la ciudad para adentrarse en el edificio en llamas y rescatar un manuscrito de la obra. Fue al volver al palacio que se lo arrojó con desdén a la faraona y le dijo: “que sea la última vez que te tenga que sacar Las Castañas del fuego”, que era una frase referida sobre todo a la mala situación de la guerra en aquel momento, con César que estuvo a punto de perder la vida en varias ocasiones por culpa de Cleopatra y de sus escasas tropas.