Mes: septiembre 2015

Ser el hazmerreír

Me pregunto cómo algo tan fundamental para la vida del hombre, como la risa, pueda desembocar en expresiones y palabras que no sólo no la dignifican, sino que la denigran y la convierte en algo malo. Basta pensar en el significado actual de la palabra “ridículo”, cuya etimología (que no emitología, atención) la encontramos en el verbo “reír”. ¿Por qué algo que causa risa termina siendo ridículo? ¿Por qué es malo (en la acepción más filosófica de la palabra) ser el hazmerreír de la gente? Casi todos hemos dicho en alguna ocasión a nuestra pareja: “hacerte reír es la cosa más bella de este mundo”. Y nos quedamos enredados en la carcajada amada como si fuera agua de vida, casi como si fuéramos capaces de rejuvenecer escuchando ese sonido primordial. Pero después la rechazamos como síntoma de falta de seriedad. “Al principio fue el verbo”, dice el libro del Génesis. “Y después, la risa”, se podría añadir. Y más tarde, el prejuicio contra ella, su defenestración, cuando decimos orgullosos “yo no me estoy riendo”, o cuando nuestro argumento ha agotado sus fuerzas y amenazamos: “no te rías”. Oscilamos de su necesidad a su rechazo olvidando cualquier rastro de coherencia. A veces incluso la utilizamos como comodín, “me río por no llorar”, como si fuera posible sustituir las lágrimas del dolor por aquellas de la risa. Será que los extremos se acaban tocando y las lágrimas pueden ser terriblemente ambiguas, o que ” al final, la risa acaba en llanto”. En definitiva, “en todas las bodas se llora y en todos los funerales se ríe”. Así que evitemos las catarsis: no riamos, no lloremos, mejor un rostro seco que una lágrima de la que tengamos que descubrir (o inventarnos) su origen.

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“Perder el hilo”

No nos damos cuenta cuando lo decimos de lo drámatico que puede ser “perder el hilo”. El hilo en la mitología clásica es símbolo de vida, tejido y cortado por las parcas para recordarnos, entre otras cosas, que más allá de nuestras acciones nuestro destino depende de unas manos caprichosas.

Pero el hilo más famoso, y más banalizado, es el que Ariadna entrega a Teseo para salir del laberinto una vez haya matado al minotauro. La mayoría de las veces se habla sólo de la hazaña de acabar con el monstruo, como si fuera más digno de admiración que hallar el modo de salir de aquella ciudad de pasillos y recodos. Y en cambio es exactamente el contrario. Cualquiera hubiera sido capaz de entrar en la casa de Asterión y terminar con su vida (“apenas se defendió”, nos exlica Borges). Lo difícil era en cambio salir después de haberlo hecho.

perder el hilo

Es por eso que perder el hilo es una cosa gravísima, porque aunque hayamos alcanzado la primera parte de nuestra gesta particular, nos deja atrapados y sin nadie a quien contarla, sin nadie con quien compartir nuestra proeza (o nuestro fracaso). Más o menos como sucede con la escritura. Todos somos capaces de imaginar poemas y novelas que vayan más allá de todas y cada una de las bellezas. Pero después hay que materializarlas, hay que seguir el hilo de nuestra idea o nuestra creación desde el minotauro moribundo hasta la salida en papel, hermosa Ariadna que nos espera con los brazos abiertos…

Nada somos sin hilo, nada, apenas un héroe egoísta con una espada ensangrentada.

“Matar el tiempo”

Una de las cosas más fascinantes de las mitologías del pasado ha sido siempre la capacidad para explicar el mundo de una manera tan fácil que todos lo entendían y eran capaces de transmitirlo a las generaciones sucesivas. Cierto, el mundo como era conocido en ese momento y lugar de la Historia, pero el mundo al fin y al cabo.

Un mito que he admirado siempre por su sencilla complejidad es el de Cronos y Zeus. Cronos, o lo que es lo mismo, el Tiempo, una de las mayores obsesiones del hombre, que con su paso inexorable marca todas las etapas del individuo. El mito era claro: el Tiempo, dios supremo, vivía con miedo por la profecía de que un hijo suyo sería capaz de destronarlo. Por eso engullía todos y cada uno de sus descendientes, nada escapaba al Tiempo. Hasta que su mujer logró engañarlo haciéndole tragar una piedra y mandando lejos de su alcance a uno de sus vástagos. Y fue este, Zeus (cuyo genitivo en griego es sencillamente “dios”), quien hizo que la profecía se cumpliera, destronando a su propio padre y convirtiéndose en dios de dioses. “Sólo Dios es capaz de vencer el Tiempo”, viene a decir el mito.

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Una imagen clara, simple, una forma de trazar una de las dos coordenadas que dictan los designios de la raza humana desde su origen. Así que atentos a “matar el tiempo”, porque si uno lo  mata luego se convierte en su propio dios y no puede dejar ya nada al caso, ni culparle de que pasa demasiado rápido o demasiado lento. Mejor dejémoslo donde está, que siga con su ecuánime gobierno y su justo andar.

Emitologías S02E01

Uno de septiembre y yo con estos pelos… “¿Ya no escribes en el blog? ¿Se han acabado las emitologías?”. Preguntas que no sólo me hace la gente, me las hago yo mismo a menudo. “No tengo tiempo”, me respondo, y aunque sea (como siempre esta frase) una verdad a medias, lo cierto es que el nuevo trabajo me deja pocas horas verdaderamente útiles a lo largo del día. “¿Entonces? ¿Se acabó?”. Espero que no.

Las emitologías, tal como las entendía, tenían en cualquier caso una fecha de caducidad: no se puede estar inventando orígenes de expresiones hasta el infinito. O se puede, pero se vuelven artificiales, exageradas, forzadas, y pierden el poco o mucho valor que pudieran tener. Por eso hay que evolucionar, incluso hacia algo que mientras escribo estas líneas no tengo muy claro qué puede ser. Pero ha de ser. Porque al fin y al cabo Emitologías es un blog de una persona a la que le gusta mucho escribir.

El único matiz que creo tener claro es que me gustaría que Emitologías dejara de ser un blog tan “diurno” para convertirse en algo más recogido, más cercano a este otoño agazapado con su lluvia y sus hojas amarillas. Esbozos, garabatos, más acuarela y menos dibujo. No tengo ni idea de dónde acabaremos o si habrá alguien interesado en el cambio de ruta. De hecho, “segundas partes nunca fueron buenas”, pero mejor una segunda mediocre a ninguna, ¿no? Veamos qué da de sí este nuevo curso…

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