Mes: enero 2014

“Ser un pintamonas”

Difícil de creer que una expresión tan despreciativa pueda referirse a un genio como Leonardo da Vinci. En el verano de 1518, el recién coronado rey de España Carlos I envió una embajada al rey de Francia Francisco I para empezar a discutir por el Milanesado, un tema que acabaría desembocando en una guerra. La embajada no fue para nada productiva y los ánimos se encendieron más de una vez. Es por eso que el tono de la relación enviada por el embajador Don Juan de la Lama a Carlos I fue bastante agresivo. Describía al rey como “una persona de dura testa y toscas manieras” mientras que al gran pintor, del que De la Lama ignoraba su identidad, le dedicó estas palabras: “acompaña al Rey de los Francos un anziano de largos et non pulchros cabellos, ocupado toda la jornada en bizarros diseños y en picturar una mujer que apelan Mona. Piense su Majestad qué pintamonas forman esa corte…”. Evidentemente la expresión divirtió mucho al monarca, pues se extendió con velocidad y la encontramos a menudo en obras cómicas a partir de esta fecha.

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“Dar plantón”

Una de las expresiones más antiguas de las que se tiene noticia, y es que hablamos de la Grecia del siglo VIII a.C. En una época en la que no existían obviamente ni teléfonos ni relojes resultaba difícil a veces concretar una cita con otra persona. Más difícil incluso era avisar a la otra persona que no se podía asistir o que el encuentro tenía que retrasarse por cualquier motivo. Es por eso que entre los tesalonios se desarrolló una costumbre que dio lugar a la expresión. Quien sufriera un imprevisto por el cual no pudiera asistir a una cita tenía que ir al lugar del encuentro y plantar de forma visible en mitad del camino una rama de olivo (o mandar a alguien que lo hiciera). Así, cuando la otra persona llegara al lugar, sabría que no tendría que esperar y perdería el menor tiempo posible. El verbo que se utilizaba para esta acción era evidentemente “fikomai”, que significa “plantar, hacer brotar”. La expresión se difundió por toda Grecia y después a Roma y al latín, donde llegó ya sin que se conociera su origen.

“Tirarle los tiestos a alguien”

Expresión que aunque no lo parezca tiene un significado mucho más literal de lo que se pueda pensar. Cuentan las crónicas de la Sevilla decimonónica que tras la Guerra de la Independencia se decidió utilizar una de las armas más comunes en las batallas (el lanzamiento de macetas desde las terrazas) en una manera de cortejar a las mujeres. Así, se popularizó la costumbre de dejar caer desde el balcón un tiesto delante de la mujer que se quería agasajar, para atraer su atención y echarle algún piropo delante de todas las personas que quedaran sorprendidas por el estruendo del barro que se rompía. Era una ocasión además para presmuir de la casa y de otras posesiones que pudieran impresionar a la mujer. Evidentemente de aquí derivan las variantes “tirar los tejos” o “tirar los trastos”: cuando no se disponía de macetas se lanzaban incluso las tejas de las casas y si no, cualquier trasto que pudiera hacer ruido al romperse contra el suelo.

“Enterarse de lo que vale un peine”

Expresión de origen francés, que se acuñó, según algunas crónicas medievales, a mediados del siglo IX, durante el reinado, paradójicamente, de Carlos II “el Calvo”. Uno de los principales problemas que Carlos II tuvo que resolver durante su reinado fueron las cada vez más frecuentes invasiones de los normandos. Después de varias escaramuzas y alguna breve batalla a campo abierto, el rey consiguió organizar un encuentro para negociar su rendición. Una vez que se estipularon las condiciones el enviado normando solicitó firmar el tratado con su propia pluma, por lo que tomó un cofre, lo abrió y sacó de él un peine que le lanzó al rey, burlándose y riéndose de él a causa de su grave alopecia. Aunque el enviado fue inmediatamente ejecutado, Carlos II, lejos de avergonzarse de lo sucedido, contó la historia a todos sus altos cargos militares y les solicitó que la contaran a las tropas antes de cada batalla a modo de arenga. Es por eso que se hizo frecuente que en las batallas con los normandos el ejército francés cargara al grito de “¡se van a enterar de lo que vale un peine!”, una expresión que se mantuvo con el tiempo y que poco a poco se incorporó al lenguaje coloquial.

“Estar a dos velas”

El origen de la expresión se retrotrae al Madrid del siglo XVII. Algunas fuentes han dejado noticia de un juego que se extendió entre la juventud de la época llamado “Giuego de la dieç velas”. Se convirtió en una costumbre en las citas románticas que las pretendidas llevaran consigo diez velas, que encenderían al comienzo de la cena. A medida que se fueran sintiendo cómodas y agasajadas por sus pretendientes las irían apagando progresivamente. Obviamente, había “trucos” que permitían acelerar el juego. Normalmente retirar la silla y sentarse después de la mujer suponía ya una vela menos mientras que la elección de un buen vino podía conllevar hasta tres velas apagadas de golpe. El objetivo era quedarse con una sola vela encendida, lo que significaba que la mujer estaba preparada para que el hombre la besara; normalmente llegados a este punto poco después se apagaba la última y comenzaba lo que el juego llamaba “el feliç gustar de Cupido”. Obviamente, si la velada (nunca mejor dicho) terminaba con dos velas todavía encendidas no sucedía nada de carnal y la mujer volvía a dormir a su casa. Es por eso que comenzó a extenderse la expresión “estar a dos velas” o “quedarse a dos velas” para indicar la falta de fortuna en el amor.

“Que si quieres arroz, Catalina”

La expresión se refiere evidentemente a una de las Catalinas más famosas de la historia, Catalina de Medici, reina de Francia en la segunda mitad del XVI. Tras la desafortunada muerte de su esposo Enrique II, Felipe II decidió enviar una embajada con diferentes regalos para reconfortar a la recente viuda. Llegados los tres enviados a la corte francesa, la mala suerte quiso que la noche antes del recibimiento el intérprete de los españoles sufriera un grave problema de salud y no pudiera estar presente durante la entrega de las ofrendas, por lo que hubo de recurrirse al lenguaje gestual. El primo regalo era un saco del arroz más preciado que se conocía en aquel momento en Europa, traído de la misma China por las naves españolas. Como los enviados no eran capaces de explicar la particularidad del arroz, la reina lo rechazó, casi ofendida por un regalo tan común en un momento tan triste para ella. Diego Yáñez, el responsable del viaje, se vio en la necesidad de insistir, lo que provocó no ya el enfado de la reina, sino su sumisión en un estado de melancolía en el que ya no profirió una sola palabra. Yáñez, consciente de que no podía volver a España sin haber entregado todos los regalos, insistió hasta tal punto que los guardias tuvieron que alejarlo de la sala mientras gritaba “¡que si quieres arroz, Catalina!” sin obtener ninguna respuesta. Este hecho estuvo a punto de causar una crisis diplomática entre las dos naciones pero por suerte pudo resolverse en pocos días con la ayuda de unos traductores que resolvieron el problema. Esto no impidió que la anécdota se conociera y la frase se divulgara con gran velocidad para referirse a alguien que no escucha o finge no escuchar.

“Te pongo mirando pa’ Cuenca”

La expresión se remonta al reinado de Juana la Loca y Felipe el Hermoso en la Castilla de finales del siglo XV. Como es sabido, Felipe I era un gran mujeriego, algo que su mujer, obviamente, no podía soportar. En aquella época la corte contaba con una gran presencia de conquenses, como queda demostrado con el mismo capellán de la reina, Diego Ramírez de Villaescusa (de Haro). Algunas de las amantes del rey eran de pueblos limítrofes a los de Don Diego, por lo que Felipe I ideó una excusa perfecta para no levantar las sospechas de su mujer. Sabedor del poco amor de su esposa por la ciencia, el rey organizó un pequeño observador astronómico en una alta torre, donde con ayuda de los nuevos instrumentos de navegación era capaz de individuar la dirección de las principales ciudades del reino. Así, cada vez que quería escabullirse con alguna moza no tenía más que decirle a la reina: “Subo con la dama al observatorio, que la voy a poner mirando para Cuenca”. Los guardias del rey, que obviamente sabían a que subía el monarca al observatorio, comenzaron a utilizar la frase por los burdeles de Castilla, por lo que la expresión tuvo una rápida difusión.

“Más aburrido que una ostra”

Expresión que obviamente nada tiene que ver con el animal sino que nace en la corte de Luis XV en Francia. Durante el verano de 1741, especialmente caluroso y aburrido, partiendo de la nomenclatura del “Delfín” el monarca quiso dotar a todos los cargos de la corte de un sobrenombre (y de algunas funciones) que tuviera que ver con el mar. Así, las bailarinas fueron “las gambas”, los guardias “los peces espada” y la encargada de las joyas de la princesa “la ostra”. El encargo de “la ostra” le tocó a Margueritte du Beubeaublis (en la foto), que cada mañana debía enfundarse un disfraz de ostra y abrir delante de la princesa un cofre donde había un colgante con una gran perla. Lo peor es que Marguerite tenía que acompañarla de todas maneras durante todo el día sin poder hablar ni quitarse el disfraz para disfrute de la princesa (Luisa de Borbón tenía entonces cuatro años), lo que le suponía un verdadero aburrimiento. Es por eso que en la corte comenzó a circular la expresión “aburrirse como una ostra” o “estar más aburrido que una ostra”.

“La cuenta (de) la vieja”

La vieja a la que se refiere la expresión no es ni más ni menos que María Josefa de Borbón, hija de Carlos III y hermana mayor de Carlos IV, junto a quien fue retratada por Goya en su famoso lienzo. Era famosa ya en la época su mala relación con su cuñada María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV. Cuando el rey recibía altos cargos oficiales que le daban detalles del reino, María Luisa de Parma se esforzaba por elaborar complicados cálculos delante de su marido para que su fama de estadista se extendiera por el país, pero en muchas ocasiones era María Josefa la que presentaba las cuentas a su hermano de la forma más sencilla, la mayoría de las veces haciendo sumas y restas con las manos, algo que el monarca, que no era muy ducho con las matemáticas, agradecía enormemente. Como los veloces cálculos de María Josefa se demostraban acertados casi siempre comenzó a circular entre los altos funcionarios, para indignación de la reina, la expresión “hacer la cuenta de la vieja”, tan escueta como certera.

“Liarse la manta a la cabeza”

Expresión acuñada durante la batalla de Cuarte en el 1094. La ciudad, que había sido prácticamente sitiada por los almorávides, contaba con la espléndida defensa de Rodrigo Díaz de Vivar. El Cid, que sabía que la ciudad no podría resistir mucho más el asedio, decidió que sólo había una solución, que era la de un ataque inesperado a las tropas acampadas a las puertas de la ciudad. Para ganar tiempo decidió tender una emboscada al enemigo: durante una noche de espesa niebla mientras al norte un pequeño destacamento tenía por misión lanzar un breve y mínimo ataque, el Cid saldría con el grueso del ejército por el sur vestidos de almorávides. Aunque era probable que la artimaña funcionara por la poca visibilidad, no dejaba de ser una misión tan desesperada como arriesgada, por lo que el Cid convocó a sus hombres y les dijo: “Al alba vedremos si la astutia de la nocte nos asistiere: liguémonos los mantos a la testa como si turbantes fueren e ataquemos sin mirar tras nos”. Aunque la batalla se venció las bajas fueron numerosas, por lo que la expresión comenzó a utilizarse como sinónimo de un acto aventado e irreflexivo.