Mes: enero 2015

“Irse al garete”

Cuando algo se va al garete significa que ha salido mal, que lo que fuera no ha tenido un desenlace positivo. Es una expresión de la que se ha perdido casi por completo el conocimiento de su procedencia, ya que nació en un contexto muy concreto que con los años se ha ido difuminando. El motivo es que “garete” no significa nada en español, por lo que no es fácil intuir su origen. Como alguno habrá imaginado, El Garete era un lugar físico, concretamente un pequeño pueblo en la provincia de Albacete; un pueblo del que hoy no queda más que la expresión y algunas ruinas de casas populares. El motivo por el que un pueblo tan pequeño ha dejado una expresión tan conocida es que El Garete fue un importantísimo lugar de encuentro durante la Guerra de Sucesión española. Concretamente era el lugar donde se tenían que reunir la mayoría de las tropas de la alianza anglo-luso-holandesa, representada sobre el campo de batalla por el marqués Das Minas y el marqués de Ruvigny. Los aliados habían elegido este remoto punto de encuentro por dos motivos: el primero por su cercanía a Almansa y a otras poblaciones limítrofes (donde finalmente se libraría la batalla) y el segundo porque al ser un lugar tan poco conocido en medio de la gran llanura manchega era un sitio perfecto para acumular hombres sin que el enemigo borbónico pudiera sospechar nada. Hete aquí que, sin que haya sabido nunca muy bien por qué (probablemente un soplo), el duque de Berwick, general de los defensores de Felipe V, se enteró del lugar de encuentro. Berwick, en una gran maniobra, no atacó frontalmente El Garete, sino que se apostó en diferentes lugares para atacar uno a uno los destacamentos que se dirigían al punto de reunión y así poder derrotarlos fácilmente sin necesidad de arriesgar muchos hombres. Cuando los aliados se quisieron dar cuenta de que El Garete se estaba convirtiendo en la tumba de mitad de su ejército, era demasiado tarde. Al pasar revista el listado era estremecedor: más de 30 regimientos habían ido a El Garete, por lo que la batalla de Almansa al final fue un rotundo fracaso para Das Minas y Ruvigny. Evidentemente la anécdota no pasó desapercibida ni para los aliados ni para los borbónicos, por lo que no tardó en fraguarse la expresión “irse al garete” entendiendo precisamente algo que termina inexorablemente mal. Con el éxodo rural y el abandono del pueblo a mediados del siglo XIX el origen de la expresión comenzó a desdibujarse, y a comienzos del siglo XX eran ya muy pocos los que lo conocían.

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“Para gustos los colores”

La expresión, lo digo por si alguien no la conoce, explica que existen tantos gustos como colores en la naturaleza, es decir, un número infinito. Normalmente se dice que la expresión no es más que una traducción más animada de la máxima latina “De gustibus non est disputandum”, que se puede traducir directamente por “no hay que pelear por los gustos”. Sin embargo hay otra historia, que pocos saben, que también ha influido mucho en la difusión de esta cotidiana expresión. Es la que habla del sueco Jesper Edborg y sus hijos, todos pintores activos en Madrid en el siglo XVIII. Poco se sabe con certeza de esta familia, pero las pocas noticias que de ellos tenemos la dibujan como algo excéntrica y no muy integrada en la vida social de la capital. Se sabe por ejemplo que el mayor de los tres hijos, Olaf, no comía lechuga ni espinacas porque decía que él no podía comer nada de color verde. La rareza de la familia se consumó y se hizo popular tras la muerte del padre, que quiso que su testamento fuera leído en solemne ceremonia en la recién creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El documento dice: “Lego todas mis pertenencias que no aparezcan en este testamento a la Real Academia. Esta es la dotación que lego a mis hijos: a Olaf dejo mis corbatas amarillas y mis calzas con agujeros; después, a Gabriel mis poemas inacabados con la obligación de terminarlos con plumas de oca francesa; en definitiva, para Gustovs los colores”. Obviamente después de esta última frase estalló una gran carcajada en la sala, mientras que los Edborg abandonaron la academia ofendidos por la incomprensión del carácter de su padre, que no fue respetado ni siquiera tras su muerte. Poco se supo a partir de entonces de esta familia, que sin embargo ayudó a consolidar una de las frases más comunes de la lengua española.

“Oro del que cagó el moro”

La expresión, para quien no la conozca, se utiliza para poner en duda la autenticidad de algo que es presentado como precioso y de gran calidad. Su origen se remonta, como no podía ser menos, al periodo de presencia musulmana en la península ibérica, concretamente a su época final en el siglo XV. Una vez que Boabdil fue expulsado de Granada por los Reyes Católicos, fijó su residencia en Laujar de Andarax, en Almería. Fue allí donde fueron a buscarle unos emisarios de Isabel y Fernando, para exigirle que restituyera a la Corona de Castilla 100.000 maravedís que los reyes estimaban que habían desaparecido de las arcas de la ciudad de Granada. Boabdil, sumido en una gran crisis política y financiera, tuvo una ocurrencia que le acabaría salvando la vida. No disponiendo del dinero que se le requería, pero no pudiendo dejar que sus enemigos lo supieran, ideó una estratagema para ganar tiempo y poder embarcarse rumbo al norte de África. Boabdil alegó ante los emisarios que estaba preocupado por su regreso a Granada, pues estaba seguro de que su palacio estaba lleno de espías, y si se enteraban de que volverían con semejante cantidad de dinero, serían asaltados con toda seguridad antes de volver a terreno seguro, por lo que ellos morirían y los reyes de Castilla no recuperarían uno solo de los maravedís. Por eso propuso a los emisarios lo siguiente: ellos volverían aparentemente sin cofres ni dinero, pero se llevarían como rehenes diez de sus criados más cercanos, incluído el fanático imán Abd-Allah Ibn Qumrasem. Cada uno de ellos, antes del viaje, tragaría mediante una técnica especial nazarí una cantidad de oro y gemas suficiente para entre todos pagar su deuda con los reyes cristianos. A su llegada a Granada, los diez siervos defecarían su parte del dinero y todos quedarían en paz.

Sin embargo los emisarios españoles, Pedro Pablo Ajofrín y Cancio Doménech, fueron engañados, pues lo que tragaron los criados del sultán no fue otra cosa que pasta de almendra modelada y coloreada. Al llegar a Granada los musulmanes fueron llevados a las letrinas de la Alhambra, donde fueron custodiados día y noche. Cada vez que uno de ellos hacía sus necesidades, los guardias escarbaban entre las heces esperando ver salir algún rubí o alguna moneda de oro. Obviamente, no tardó en descubrirse que todo había sido un engaño y que Boabdil se había marchado con el dinero. Fue entonces que empezó a utilizarse la expresión que nos ocupa, casi como una coletilla cuando alguien aseguraba que un objeto estaba heho de oro. “Sí, sí, oro del que cagó el moro“.