Mes: septiembre 2014

“Poner los dientes largos”

Para quien no lo sepa, la expresión se utiliza cuando alguien se esfuerza por provocar envidia en otra persona, se dice que “le pone los dientes largos”. Se trata de una expresión cuyo origen es bastante incierto, aunque algunos estudiosos han señalado que su nacimiento hay que situarlo en la Valaquia tardomedieval, uno de los reinos que más tarde darían lugar a la actual Rumanía. Parece ser que entre la nobleza valaca existía una cruel tradición reservada a los enemigos vencidos. A los altos cargos de los ejércitos derrotados no se les mataba en el campo de batalla, sino que se les llevaba a una celda donde se les dejaba sin comer durante cinco días y cinco noches. Pasado este tiempo, si los enemigos habían sobrevivido a las duras condiciones de la prisión, se les convertía en víctimas de un rito perverso. Se les decía que el rey (o el noble de turno) se había apiadado de su situación y había aceptado liberarlos y que, en seño de buena voluntad, se sentarían junto a él en un gran banquete. En cambio, cuando los prisioneros llegaban hambrientos al salón, se les ataba a la silla y se les obligaba a mirar a todos los demás comensales mientras degustaban los más ricos manjares. Se dice que para disfrute y jolgorio de los valacos, a los prisioneros se les humillaba poniéndoles una especie de dentadura postiza con los dientes largos y afilados, símbolo del hambre que padecían. Una vez que el banquete terminaba, los prisioneros eran ajusticiados. No se sabe exactamente a través de qué canales llegó la expresión hasta España, pero parece que la tradición fue recogida (un tanto distorsionada) por Bram Stoker en su novela “Drácula”, en la que dota al protagonista de largos dientes.

Anuncios

“Tirar la toalla”

Casi todo el mundo conoce la expresión “tirar la toalla”, una expresión que significa rendirse, o abandonar una lucha o un propósito. Normalmente se asocia la expresión al mundo del boxeo, a un gesto con el que el entrenador de uno de los púgiles puede forzar el abandono de su pupilo. Pocos saben en cambio que la frase tiene un origen más antiguo y menos agresivo, relacionado curiosamente con el mundo de las termas romanas. En la antigua Roma las termas no eran sólo un sitio donde poder bañarse, sino también un lugar de encuentro y de reunión, donde poder urdir las conjuras políticas más oscuras o encontrar el amor de los efebos más bellos de la caput mundi. Parece ser que ya en el siglo I d.C. se instauró una especie de ritual precisamente entre los jóvenes que acudían asiduamene a las termas en busca de fama y riquezas y los hombres de media edad que buscaban sus favores. Después de que uno de estos jóvenes había recibido una propuesta concreta, directamente o a través de amigos, se situaba frente a su pretendiente y realizaba una de estas dos acciones: o se hacía un segundo nudo en la toalla en la que iba envuelto haciendo entender que no la aceptaba o la dejaba caer ante el aplauso general de los presentes, que festejaban el nacimiento de una relación. Ya en una fecha temprana como el siglo II d.C. tenemos las primeras pruebas escritas de la expresión “linteum iactare“, “tirar la toalla”. En unas termas en la actual Turquía se ha descubierto recientemente una placa donde se lee: “Hic Antinous Hadriano linteum suum iactavit“, es decir, “Aquí fue donde Antinoo tiró su toalla a Adriano“, una placa que probablemente señala el inicio de la famosa relación entre el emperador Adriano y el joven Antínoo. De esta forma, este dejar caer o tirar la toalla comenzó a verse poco a poco como un gesto de sumisión, de rendición al conquistador, por lo que terminó adaptándose también al mundo del pugilato, a través del cual ha llegado hasta nuestros días.

“Ver menos que un gato de escayola”

Una expresión que, como muchos saben, significa tener problemas de vista, ver poco. Generalmente se considera que la expresión se debe a que un gato (o cualquier animal) de este material está inanimado y por tanto carece del sentido de la vista. Esto es algo impreciso, ya que son raras las figuras de escayola de animales domésticos antes del siglo XVIII, y la expresión de la que nos ocupamos era ya conocida a mediados del siglo XVII. Parece que en realidad el dicho no se refiere al material blanquecino sino a Giuseppe Maria Scajola, obispo de Perugia que visitó España en 1614 (la “j” en italiano se lee como nuestra “i” o “y”).  Scajola llegó a la capital acompañado no sólo por su séquito sino también por sus mascotas, dos gatos que llamaron enseguida la atención de propios y extraños, ya que por entonces resultaban casi estrafalarios como animales de compañía. Los gatos de Scajola no gozaron de una buena estancia en Madrid, es más, ninguno de ellos logró volver con vida a Italia. Obviamente no han quedado pruebas documentales al respecto, pero parece que el largo viaje en barco desorientó considerablemente a los felinos. Se dice que el primer gato murió la misma noche de la llegada del obispo, cayendo dentro de una chimenea desde el tejado. El segundo le sobrevivió apenas un par de días, y su muerte se produjo delante de centenares de feligreses, que habían acudido a la iglesia de los Jerónimos para participar en la misa organizada por el prelado italiano. Las crónicas narran que durante la homilía la cabeza del gato asomó desde la galería, lo que en principio pareció divertir a los presentes. El gato fijó entonces un punto del altar con su mirada, y permaneció en posición de alerta durante algunos minutos, casi como si quisiera atacar un enemigo invisible. Finalmente, y ante el estupor y el horror de los congregados, el gato de Scajola saltó al vacío en pos de su presa imaginaria, muriendo al instante al golpearse contra el suelo. Aunque la escena fue terrorífica para todo el que la presenció, el clásico humor negro del pueblo no tardó en situar al gato como blanco de sus chistes y burlas. Circularon incluso rimas del tipo: “Tú ves incluso menos / que el gato de Scajola, / cazar quiso demonios / y quedóse sin cola“.

“¿Jugamos al teto?”

Para quien no sepa de qué hablamos hoy, la frase en cuestión es una broma que se gasta a algún amigo ingenuo, que preguntando de qué se trata el “teto” se lleva como respuesta “tú te agachas y yo te la meto”. En principio parece una simple chanza en rima, aunque su origen es mucho más antiguo de lo que se pueda creer. En la Antigua Grecia el “thetos” era un juego al que recurrían los guerreros griegos durante las horas posteriores a la batalla y su principal objetivo era rebajar la adrenalina de la soldadesca. Poco se sabe en concreto de él y por desgracia el reglamento no ha llegado hasta nuestros días, aunque todo parece indicar que se trataba de un juego de dados, que se lanzaban sobre la parte posterior de un escudo o sobre un barril. Por algunos indicios que nos han llegado a través de la pintura en cerámica, se ha llegado a la conclusión de que el vencedor obtenía el derecho a decidir su posición durante el acto sexual que seguía al final del juego (es conocida la casi completa bisexualidad de los griegos en la Antigüedad). El “teto” fue prohibido por Constantino, el primer emperador cristiano, que lo consideró aborrecible e inmoral y por tanto trató de destruir cualquier vestigio de su existencia. Sólo las investigaciones de Heinrich Schliemann a finales del siglo XIX sacaron de nuevo a la luz algunas noticias de este juego, del que se comenzó a hablar a escondidas en los pasillos de las universidades europeas; es muy probable pues que en este ambiente se forjara la broma en español.

“Darse de bruces”

Una expresión muy extraña del español, ya que basta buscar en el diccionario para ver que no existe un singular “bruz” del que pueda derivar. Parece ser que la historia se remonta nada menos que al rey de Escocia del siglo XIV, Robert the Bruce, que coincidió en vida con el archiconocido William Wallace. Nunca ha quedado clara la causa de la muerte de Robert; una de los testimonios recogidos dice que, volviendo de una batalla, su caballo se encabritó, haciendo que el rey cayera y golpeara violentamente la cara contra el suelo, una caída de la que el monarca no se repuso y que terminó por costarle la vida. Esta versión llegó a España pocos años después de la muerte del monarca, casi con toda probabilidad en la expedición liderada por James Douglas para llevar su cuerpo al Santo Sepulcro de Jerusalén. Douglas llevaba consigo el manuscrito que describía el trágico fin del rey, cuyo título era “The Bruce’s Death“. El rey Alfonso XI de Castilla se encargó personalmente de que la obra fuera traducida y difundida en todo el reino. Como el apóstrofo de “Bruce’s” era un caracter desconocido en tierras ibéricas, la obra comenzó a ser conocida como “La Muerte de Bruces”, por lo que la confusión no tardó en llegar, asociando la expresión “de bruces” a un golpe recibido en la parte de la nariz y la boca.