Mes: octubre 2014

“Soldados”, de Giuseppe Ungaretti

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Soldati (1918)

Si sta
come d’autunno
sugli alberi
le foglie

Estamos
come en otoño
en los árboles
las hojas

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“Subirse a las barbas”

“Subirse a las barbas de alguien” es, como dice la RAE, “perder el respeto al superior, o quererse igualar con quien le excede”. Normalmente se atribuye este significado al mero hecho de que la barba corresponde al hombre maduro mientras el joven, deseoso de poder pero aún imberbe, intenta obtener lo que por natura todavía no le ha sido concedido. Pocos saben en realidad que estamos ante una antigua tradición vikinga, de la que no quedan casi documentos escritos pero sí algunos indicios en poblaciones rurales del norte de Dinamarca y sur de Noruega y Suecia. Parece ser que mientras para nosotros uno de los momentos más importantes en la vida de un bebé es cuando comienza a caminar por sí mismo, para los vikingos la primera “mayoría de edad” era determinada por otro momento de carácter casi ritual y  mágico. Como es sabido, era costumbre entre los hombres de este pueblo marinero dejarse crecer una larga barba, que en ocasiones podía llegar incluso más allá de la cintura; era por tanto motivo de celebración que el joven niño vikingo lograra no sólo caminar sino trepar por sí solo hasta los hombros de su padre sirviéndose exclusivamente de la barba en su empresa. Esta costumbre fue vista por los demás pueblos, en general víctimas de las correrías vikingas, como una falta de respeto del hijo hacia el padre, y por tanto una característica más de la barbarie nórdica, que no reconocía con firmeza la diferencia de importancia entre padres e hijos. Es por este motivo que un juego en principio jovial y alegre, el de “subirse a las barbas” ha llegado hasta nosotros con un significado diametralmente opuesto, como sinónimo de insubordinación.

“Ser más bueno que el pan”

Nos encontramos ante una expresión de indudable origen cristiano. Parece que todo comenzó durante los primeros siglos de expansión del cristianismo, cuando la liturgia de los seguidores de Jesús de Nazareth aún no estaba perfeccionada ni había sido asimilada por la población. Acostumbrados a las divinidades paganas, los habitantes de Europa Occidental tuvieron bastantes problemas para entender al cien por cien la simbología y los significados de una religión que venía de Oriente y cuyos dogmas requerían una gran dosis de fe. Por este motivo surgieron casi contemporáneamente al cristianismo las herejías, corrientes religiosas que interpretaban de manera diferente algunos de los principios del catolicismo. Uno de los aspectos que se expusi enseguida a diferentes interpretaciones fue sin duda el momento de la eucaristía: para grandes segmentos de la población resultaba muy difícil entender el concepto de la transubstanciación, por el que el cuerpo de Cristo está presente en la hostia consagrada que se toma durante la comunión. No les quedaba claro si Jesús se transformaba en pan, si Dios y el pan eran la misma cosa desde siempre o si Jesús había escondudo una parte de sí mismo en el pan para escapar a la muerte segura que le esperaba. Sea como fuere, estas dudas dieron lugar a la herejía de los “panistas”, una de las más breves de la historia.  Los panistas consideraban que en realidad el único dios era el pan, y que Jesucristo no era otra cosa sino la esencia de este alimento básico encarnada en un hombre. De ahí que su lema fuera “Nullum bonius pane” (nada más bueno que el pan). El panismo tuvo una vida fugaz y desapareció tras el segundo concilio ecuménico (381 d.C.), pero ante el temor de que sus dogmas pudieran volver a calar entre la población, los párrocos y otros cargos eclesiásticos comenzaron a popularizar la expresión “ser más bueno que el pan”; al principio el dicho aludía sólo a Jesucristo, pero pronto la sencillez de la frase hizo que se extendiera a cualquier persona de buen corazón.