Mes: diciembre 2015

“Feliz Navidad”

¿Por qué en Navidad nos reunimos con nuestros familiares aunque no siempre nos apetezca? ¿De dónde viene esta tradición, que en ocasiones termina en grandes discusiones entre hermanos, cuñados o primos? Hay una teoría que dice que en España debemos esta tradición a Abderramán I, primer emir de Córdoba, recordado sobre todo por haber comenzado la construcción de la mezquita. Como sabemos, Abderramán pertenecía a la dinastía omeya, contra la que se sublevaron con extrema crueldad los abasíes en el año 750 en Damasco. Cuando los insurgentes ya habían exterminado casi por completo a los omeyas, les ofrecieron una tregua que habría de firmarse durante un banquete entre las dos familias. No sospecharon los omeyas que se trataba todo de una trampa en la que cayeron sin poder oponer resistencia; fue una auténtica masacre y, de todos los asistentes, Abderramán fue el único superviviente, que tuvo que escapar disfrazado junto a un criado. Su meta fue Al-Andalus, donde logró, entre batallas contra las familias locales e intrigas palaciegas, devolver a la dinastía omeya una buena parte del poder perdido en Oriente. Abderramán, traumatizado de por vida por la experiencia de aquel banquete con los abasíes y sabedor de las debilidades de sus rivales en la península ibérica, ordenó que en su emirato cada familia debía reunirse al completo una vez al año durante tres días consecutivos. El motivo era obvio: obligar a las familias a reunirse era un modo perfecto para que surgieran rencillas y enconos que minaran cualquier posibilidad de revuelta. La maniobra de Abderramán fue todo un éxito, ya que las principales familias de Córdoba se dividieron en grupos cada vez más pequeños a causa de las disputas surgidas durante estas reuniones y el emirato entró en una fase de tranquilidad y prosperidad. Fue entonces cuando la fiesta continuó a celebrarse con alegría en la mayoría de los núcleos familiares pequeños, que la interpretaron sencillamente como una bella fiesta familiar. La tradición se extendió después, poco a poco, a toda la península; cuando los cristianos del norte comenzaron a conquistar las tierras musulmanas del centro y del sur de lo que hoy es España encontraron esta fuerte tradición, que decidieron asimilar rápidamente a la Navidad para propiciar la convivencia entre las dos religiones. Es por eso que hoy la costumbre de reunirse con la familia pervive, y es por eso que el resultado de estas reuniones es siempre imprevisible…

Felices Fiestas.

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“Ser el abuelo Cebolleta”

Acabo de leer la entrevista de JotDown a Arturo Pérez Reverte y no puedo evitar dejarme llevar por su bien entendida mala leche. A un señor que ha sido corresponsal de guerra, entre otros sitios en Irak y en los Balcanes, hay muy pocas cosas que le puedas contestar, no digo ya rebatir, claro. Más bien hay que sentarse, escuchar (o leer) y callar. Aunque te caiga mal, aunque no te gusten sus formas, aunque te parezca un perfecto gilipollas (o no). Y a mis treinta y tres años lo que me produce leerle es una mal velada afinidad por ser un rancio, todo un abuelo Cebolleta como el de los tebeos. Lees que se ha negado a aceptar “este”, “ese” y “aquel” sin tilde cuando funcionan como pronombres y te recorre un gustillo por el espinazo difícil de clasificar. No hace falta dejarse llevar por su complaciente autorretrato de aventurero indómito, basta leer dos o tres de esas verdades “incómodas” (comillas más necesarias que nunca) para que afloren todos esos conatos de odio que nos vemos obligados a reprimir a diario.

Yo leo mucho, me he leído todo Zafón y mi libro preferido es ‘Los Pilares de la Tierra’“. Y a lo mejor no sabe cómo se llama el presidente de Francia, pero “lee” mucho de eso que la gente cuenta que vale para ser un gran lector. Si lees veinte artículos de periódico al día (más allá del titular y del retweet) pero no vas en el autobús con un tocho no eres el gran lector que dices, si has leído cien veces cuatro o cinco poemas que han evitado que enloquezcas en algún momento de tu vida con suerte serás sólo un tipo raro, si crees que la gente no debería ni asomarse a un colegio electoral sin haber estudiado durante un mes el “Crátilo” de Platón no puedes esperar que no te miren mal.

La persona de Pérez Reverte es una exhortación a ser uno mismo, aunque sólo en el caso de que uno sea un déspota ilustrado (más o menos amable), a decir lo que se quiere sin preocuparse de todos aquellos que no entenderán jamás lo que tienen escrito delante de sus narices porque tienen la misma comprensión lectora de un escáner, a conformarse con llegar (de verdad) a unos pocos en vez de buscar la popularidad entre los ignorantes. A darse cuenta de que no hace falta escribir novelas y venderlas para considerarse un escritor con todas las letras.