Mes: mayo 2014

“Tumbarse / tirarse a la Bartola”

No está nada claro el origen de esta expresión, aunque hay una teoría que la relaciona nada más y nada menos que con las dos majas de Goya. De ahí derivaría de hecho su doble versión, ya que habría una forma más educada, “tumbarse“, mientras que “tirarse a la Bartola” estaría relacionada directamente con la maja desnuda. Aunque no hay ninguna confirmación escrita al respecto, los expertos parecen coincidir en que la mujer que se esconde tras las pinceladas de Goya es la Duquesa de Alba. Casi ninguno toma partido en cambio por Bartola de Almazán y Benavente, un personaje del que quedan muy pocas noticias escritas y del que se duda incluso de su existencia; es más, apareciendo casi siempre en relación con el entorno de la Duquesa de Alba hay quien ha hipotizado que este nombre no fuera sino un pseudónimo utilizado por la duquesa en determinados ambientes. Una de las pocas noticias que tenemos de Bartola se cree que es la que existe en una carta que Manuel Godoy (a quien pertenecieron las dos majas de Goya) escribe a su hermano en una fecha incierta entre 1796 y 1799. Al final de la carta se puede leer: “Por lo demás, poco que decir. Paso la mayor parte del día tumbado a la Bartola“. Llama la atención por supuesto la mayúscula de “Bartola”, lo que parece indicar que hay algo más allá de lo que por entonces era una expresión probablemente inexistente. Considerando el mundo tan masculino en el que se movían los hermanos Godoy (ambos eran miembros de la Guardia de Corps), parece más que plausible que la expresión naciera de alguna manera en este ambiente, y que gozara de una rápida difusión sobre todo en su versión más soez, “tirarse a la Bartola“. Hay quien piensa entonces que Godoy le encargó a Goya estas dos pinturas para inmortalizar una forma de hablar con sus compañeros.

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“Me la refanfinfla”

Evidentemente el origen de esta expresión es cómico y no hay manera de encontrar un episodio o un hecho concreto en su origen como en los casos de “me la trae al pairo” o de “me suda la polla”. Sí existe, en cambio, un periodo del que nos han llegado las primeras y escasas noticias escritas de esta expresión, lo que nos hace pensar que fue entonces, a comienzos del siglo XVII, cuando “me la refanfinfla” se consolidó en el castellano. Parece ser que todo se debe a unas famosas estrofas que pocos recogieron en papel, lo que podría indicar dos cosas: que eran sobre todo canciones populares y que estarían dedicadas algún personaje importante, quien sabe si incluso a la reina Isabel de Borbón, que fue objetivo de otros versos satíricos como los de Quevedo (“Entre el clavel blanco y la rosa roja su majestad escoja“, con un juego de palabras sobre la cojera de la reina). Los versos, que reproducimos a continuación, parece que provienen del sur de España, ya que en ellos se utiliza la palabra “moninfla”, un modo de llamar a la peonza sobre todo en Andalucía. El carácter cómico de los versos y su procedencia hacen pensar que quizá estemos ante una de las primeras chirigotas escritas.

Gira y gira la moninfla
 de esta reina boba y lerda
 gane guerras o las pierda
 ya su fama se desinfla.

 Ya su fama se desinfla
 pero poco importa ya
 porque a mí lo mismo da
 y al rey se la refanfinfla“.

“Se le ha ido la olla”

El origen de esta expresión nos lleva a la Francia de mediados del siglo XVIII, concretamente al año 1739, cuando Luisa Isabel de Francia, hija de Luis XV, preparó su fiesta de despedida de la corte francesa para dirigirse a España para vivir con su esposo, el infante Felipe, hijo de Felipe V. El cocinero elegido para la ocasión fue Jean-Luc Sagnol, que había forjado su fama en Marsella en los años anteriores. Cuentan que Sagnol prometió a Luis XV la mejor sopa de ostra y bogavante que un monarca francés hubiera probado hasta entonces. El día de la ceremonia se había extendido la voz sobre el plato que estaba preparando Sagnol y la expectación era altísima. Llegado el momento del primer plato, Sagnol anunció la sopa con un discurso grandilocuente, donde exaltaba todas las virtudes de una receta en la que había trabajado catorce años. Después se produjo un hecho que nunca nadie ha sabido explicar. Cuando Sagnol volvió a la cocina para poner la sopa en los platos, la olla donde se hallaba había desaparecido. Parece que se trató de algún tipo de complot de los pinches, a los que Sagnol había tratado con especial dureza en aquellos días, pero lo cierto es que nunca se pudo demostrar y que la olla jamás apareció, ni siquiera vacía. Con su carrera completamente arruinada por este hecho, Sagnol entró en un estado de enajenación mental, salió al salón y acercándose al rey le dijo riendo: “Majestad, se me ha ido la olla“. Luis XV, sintiéndose engañado y burlado por la risa del cocinero, montó en cólera y lo mandó arrestar. Mientras los guardias se lo llevaban fuera del palacio Sagnol no dejaba de gritar de manera histérica “se me ha ido la olla, se me ha ido la olla“. La historia se propagó rápidamente por Francia y desde entonces la expresión “irse la olla” se asocia a personas que han enloquecido o que hacen cosas sin sentido.

“Esto es un cocedero de mariscos”

La expresión, para quien no lo sepa, se refiere un lugar de gran bullicio, con muchas personas que gritan o hablan de manera especialmente fuerte. Su origen parece ser bastante antiguo, aunque su uso se consolidó a raíz de una simpática anécdota protagonizada por Carlos V en 1543. Durante su estancia en Barcelona antes de zarpar para Génova, el monarca quiso visitar algunas partes de la ciudad. Llegado al puerto, Carlos V paseó entre los pescadores e incluso se paró en un cocedero de mariscos donde se le ofrecieron algunos de las mejores piezas que habían llegado aquel día. El rey disfrutó del vino, del alboroto y de las canciones de los pescadores; continuando su visita, se dirigió tras la comida a la reunión del municipio, ya que quería conocer en primera persona los asuntos y los gobernantes de la ciudad. Parece ser que entre estos había algunas rencillas que explotaron justo delante del rey, que en medio de una violenta disputa se alzó y gritó: “¡Basta! ¡Esto parece un coçedero de mariscos! Con la diferença que allí diviértense mas aquí giugáis con la suerte de la ciudad“. La frase fue tan espontánea que fue recogida por los escribas del Habsburgo, que la difundieron no sólo en los escritos sino también en la lengua hablada.