Mes: enero 2016

Por un 2016 más social y menos “social”

Entiéndase el segundo “social” del título de la entrada como su versión inglesa en “social network”. Llevo un tiempo constatando cómo las famosas redes sociales han dejado ver en estos primeros años de vida su lado más de “red” entre nosotros, y no porque nos hayan ayudado a tejer un entramado para desarrollar nuestras inquietudes sino más bien porque nos han atrapado como pececillos en una malla de la que no queremos y no podemos salir. Y aunque lo parezca, este no es un post de abuelo Cebolleta para criticar las redes sociales, sino para criticar el uso que les estamos dando, quiero creer que por inexperiencia.

Tomemos como primer ejemplo Facebook. Hace ya siete años y medio que abrí mi perfil personal de Facebook, sin tener mucha idea de lo que era. Había oído que servía “para estar en contacto con la gente” y como me estaba yendo a vivir al extranjero decidí abrir una cuenta. En seguida me llegó esa curiosidad de “¿estarán mis compañeros del colegio de los que hace años que  no sé nada?“, así que me puse a recitar aquella lista de octavo de EGB para ver si me reencontraba con mis viejos amigos. Algunos encontré, a unos pocos incluso mandé solicitud de amistad e incluso chateé con ellos “para ponernos al día”. “Vaya, esto de Facebook es muy útil“, pensé, y a partir de ahí todo ha sido un no parar de añadir gente, fotos, notas, grupos, páginas, eventos, comentarios, “megustas” a los estados, a los comentarios, a las páginas y a los comentarios de los estados. Unos 500 “amigos” hasta la fecha, de unas treinta nacionalidades y otros tantos países. Si a ellos les sumamos las páginas, grupos, eventos, publicidad, comentarios de mis contactos en páginas y cosas así tenemos una “home” que más bien parece un aleph incontrolable. Y el problema quizá es ese, que uno ve tantas cosas en ese aleph que no puede apartar la mirada y pasa minutos y minutos a lo  largo del día subiendo y bajando por una lista abrumadora de información sin apenas filtros, o lo que es peor, con los filtros de los famosos “algoritmos facebookianos” por los que un vídeo de un gato que se cae por las escaleras está debajo (o encima) del amigo que comunica que ha fallecido su padre.
Después llegó a mi vida Twitter, una red social que no entendí hasta el 15M, cuando pude apreciar su incalculable capacidad de difundir información en décimas de segundo. De repente tenía un “público”, que apreciaba con “retweets” y “favoritos” mis opiniones sociales y políticas. El efecto “bola de nieve” que podían alcanzar mis palabras era impresionante, exponencial. Tardé un tiempo en darme cuenta de que toda esa gente desconocida que compartía mis ideales no eran los millones de personas aletargadas que imaginaba sino las personas de mi generación y de un contexto social y económico parecido al mío. Por cada Robespierre al teclado diez Metternicht volvían de hacer la compra y sus recados. Twitter tiene un valor incalculable en la medida que te puede explicar casi cualquier acontecimiento en tiempo real y sin filtros de editores y jefes de  redacción. Para bien o para mal el nuevo pediodismo pasa por Twitter. Uno de los problemas en este caso es la sobredosis de información a la que se ve sometido un usuario medio, que podría ver aparecer en su timeline una media de cuarenta tweets por minuto de siete de la mañana a doce de la noche: elecciones para el alcalde de Sarajevo, trabajadores en huelga en una fábrica de chinchetas que tiene que cerrar por la crisis del sector, niños que mueren en decenas de lugares en el mundo, penaltis que son o no son y dan que hablar durante semanas… Y después, gente que opina de todas y cada una de estas cosas, y gente que opina de la gente que opina, y gente que critica a los que no opinan, y gente que sentencia, y gente que recuerda que para ser mejores personas no hay que sentenciar. Así que este es el otro gran problema de Twitter: al final tarda lo mismo en leer los 140 caracteres de la opinión de tu vecino sobre la crisis de los refugiados que en leer la del voluntario que a los refugiados les ayuda a salir del mar con sus propias manos. Permitidme de nuevo la metáfora de Borges, pero es un poco  como la biblioteca de Babel en la que existe una falacia y su confutación.
Todo esto para decir que debemos aprender a manejar mejor las redes sociales, porque el peligro es quedarnos atrapados en una “timeline” en la que no dejan de aparecer posts y tweets sin que nadie nos avise si de verdad necesitamos saber esas cosas o no. Esa excompañera mía del colegio me cae bien, pero si no fuera por Facebook no sabría (y además, no me importaría) que ha ido a pasear con sus perros; como tampoco me importa lo que diga un periodista deportivo sobre un asunto sin un árbitro en medio. Tenemos todo al alcance de la mano, lo que no significa que tengamos que cogerlo todo en cada  momento. Deberíamos ser capaces de decidir antes de tocar uno de los dos logos azules de la pantalla de nuestro teléfono para qué y por qué lo estamos haciendo: ¿buscamos algo en concreto o sólo distraernos? Y si la respuesta es “sólo distraernos” deberíamos preguntarnos “¿y hace cuánto me he distraído haciendo lo mismo?”. No es un problema tanto de calidad de contenidos sino de cómo y cuándo decidimos acceder a ellos y, sobre todo,  de si lo hacemos voluntariamente o por simple costumbre de tener un teléfono en la mano por el que se deslizan centenares de miles de bytes de información superflua.

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