Mes: octubre 2015

“La cara es el espejo del alma”

Hay una cosa en esta expresión que siempre he visto como una especie de contradicción. Si el alma está dentro de uno mismo, ¿cómo puede ser la cara su espejo? Debería ser casi lo contrario, un sencillo cristal a través del que pasase una imagen nítida de lo que hay dentro de cada uno. Diciendo que es un espejo, parece más bien que en el rostro de una persona los demás podemos reflejarnos y ver por un momento qué hay en nuestro interior. En cualquier caso, lo importante es la consigna de que en la cara de cada uno se hallan cientos de matices de su persona, donde la palabra “persona” podemos entenderla casi como en el teatro griego clásico, como una de esas máscaras que con un rasgo exagerado defome el tipo de personaje que representa. Cierto, no podemos juzgar el libro sólo por la portada y las apariencias engañan, pero a medida que conocemos a alguien casi es inevitable asociar cada fragmento de su personalidad a un gesto, a una mirada o a un tipo determinado de sonrisa. Utilizamos su rostro como un mapa sobre el que ir señalando los lugares que hemos visitado y los pormenores que hemos ido descubriendo. ¿Qué sucede sin embargo con los desconocidos? ¿Qué sucede con todas esas decenas de perfectos desconocidos que encontramos a diario y con los que cruzamos al menos una media mirada? ¿Acaso no fantaseamos con su biografía a partir de un detalle insignificante? “¿Está triste o es su mirada normal? ¿Si lo está, por qué lo está? Y si no lo está, ¿cómo es que tiene una mirada tan apagada?“. A menudo son puras conjeturas lanzadas para pasar el tiempo mientras se espera un autobús, otras veces en cambio estamos tan seguros de nuestro pronóstico que podemos defenderlo con pruebas irrefutables como el libro que está leyendo, el tono de voz cuando habla por teléfono o la decisión de seguir o ignorar la moda del momento. Miradas, personas, en una época en la que todos corremos y en la que cada vez nos detenemos menos a observar lo que sucede a nuestro alrededor a pesar de las cantidades ingentes de estímulos que nos rozan cada día.

Por todo esto utilizaré Twitter – Emitologías para escribir microrretratos (y no tan micro) de aquellos desconocidos que encontraré y que llamarán mi atención por algún motivo o incluso por la falta de motivos. Hubo alguien que dijo que observar a la gente era el mayor entretenimiento del público y encima era gratis. Yo creo además que cuanto más miramos a los demás menos nos cuesta conocernos, como si de verdad en este caso la cara fuera el espejo del alma y fuéramos capaces de ver finalmente qué es lo que tenemos ahí dentro que (pensamos que) nos hace tan diferentes respecto a los más.

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“Ser un gallina”

A mí nadie me llama gallina“, dice Marty McFly en una frase emblemática de “Regreso al Futuro”. Pero ¿de dónde viene la expresión “ser un gallina”? ¿Por qué le ha tocado a este animal convertirse en el paradigma de la cobardía? Parece que el origen se remonta nada menos que a la época de Heliogábalo y a la controversia religiosa en la que se desarrolló su época al mando del imperio romano. Heliogábalo, nacido en la actual Siria, había introducido poco a poco desde su llegada al poder diferentes cambios en el ya complicado panteón latino. Uno de los más importantes fue la inclusión del dios El-Gabal, del que el emperador se autoproclamó sumo sacerdote. Para ello, hizo que le circuncidaran junto a algunos de sus hombres de confianza y, dice el historiador Dion Casio, que pensó incluso en la castración para hacerse digno de tal cargo. Sin embargo parece que al final decidió no cometer este acto extremo, probablemente por miedo a una operación tan peligrosa. La guardia pretoriana, que nunca había defendido al nuevo emperador asiático, comenzó a difamarlo utilizando esta y otras decisiones comprometidas para poner de manifiesto su supuesta cobardía. Tanto es así que se extendió un juego de palabras con el nombre del emperador, inmortalizado por algunos escritores de la época, que cuentan cómo comenzaron a aparecer pintadas por toda Roma con la frase “Non Helioga(ba)llus sed Heliogallina” (“No es Helioga(ba)llo sino Heliogallina”). Así parece por tanto que cristalizó la asociación de la gallina a la cobardía, a causa de los detractores del emperador que la utilizaron para forzar su caída.

“Dar la palabra”

Decía Voltaire que después de su sangre lo más personal que puede dar un hombre es una lágrima. Probablemente se olvidó de la palabra, porque la palabra lo es todo. Para el ser humano es casi inalcanzable aquello para lo que no es capaz de utilizar una palabra. Por eso al principio fue la palabra, porque si no, no habríamos entendido ni siquiera que aquello era un principio, o que el principio podía ser como no ser. Pero la palabra fue, y fue el inicio de todo y hoy en día la damos, la recibimos (a menudo desconfiados), la medimos o incluso nos la comemos, como si nos hiciera ganar tiempo cuando hablamos. Disfrutamos la sobremesa sólo porque a algún genio se le ocurrió darle un nombre al tiempo que pasamos sentados a la mesa después de haber comido. Alguien le dio una palabra, y con ella la existencia, la tangibilidad. Y aunque a menudo nos parezca que está todo inventado, faltan las palabras para hablar de algunos momentos, y no me refiero ya al primer beso o al nacimiento de un hijo, sino a ese brillo de felicidad completa que a veces nos pasa casi de largo dejando sólo una estela de calma, o a esa sonido de puerta que se abre cuando leemos un verso memorable por primera vez, o a ese poquito de vejez que se nos viene encima justo después, cuando nos damos cuenta de que a partir de ese momento podremos sólo releerlo.

Cuando ya no nos queda nada recurrimos a ella como parte de nuestra esencia: “te doy mi palabra“. Es extraño que para esta frase no haya una respuesta automática que sea “¿cuál es tu palabra?“. Porque palabras hay millones pero yo la tuya no la conozco. O a lo mejor sí, pero será mejor que me la expliques tú, con tus propias palabras.