Mes: febrero 2016

“Las margaritas son flores petalosas”

Esta vez no os quiero contar una emitología, aunque su origen es sin duda similar. Quiero contaros lo que sucede cuando un profesor de lengua que ama su trabajo le pregunta a un niño qué adjetivos utilizaría para describir las flores. Puede suceder, como en este caso, que el niño, Matteo, responda “petalosas”. El noventa y nueve por ciento de los profesores habría respondido al niño que la palabra “petalosa” no existe y habría quizá cedido la palabra a otro que habría respondido “bonitas” o algo así. En cambio esta profesora, Margherita Aurora (el nombre ya prometía), entendió que, efectivamente, una flor puede ser “petalosa”, así que decidió enviar la palabra a la Accademia della Crusca, casi el equivalente de nuestra Real Academia Española de la Lengua.

La respuesta de la Crusca ha sido la siguiente (la palabra “flor” en italiano es masculina, “fiore”):

Querido Matteo,

La palabra que has inventado es una palabra bien construida y que se podría usar en italiano así como se usan palabras formadas del mismo modo.
Tú has juntado “pétalo” con “oso” y has obtenido “petaloso”: “lleno de pétalos, con muchos pétalos”.
Del mismo modo tenemos en italiano:
“Pelo” + “oso”: “peloso”, lleno de pelos, con muchos pelos.
“Coraggio” + “oso”: “coraggioso”, lleno de coraje, con mucho coraje [“valiente”].

Tu palabra es bonita y clara, pero ¿sabes cómo consigue entrar una palabra en un vocabulario? Una palabra nueva no entra en el vocabulario cuando alguien la inventa, aunque sea una palabra “bella” y útil. Para que entre en el vocabulario, en efecto, hace falta que la palabra no sea sólo conocida y utilizada por la persona que la ha inventado, sino que la usen muchas personas y que muchas personas la entiendan. Si consigues difundir tu palabra entre muchas personas y muchas personas en Italia empiezan a decir “¡cómo es petalosa esta flor!” o, como sugieres tú, “las margaritas son flores petalosas mientras las amapolas no son muy petalosas”, entonces petalosa se habrá convertido en una palabra en italiano, porque los italianos la conocerán y la usarán. Llegados a ese punto, quien escribe diccionarios introducirá la nueva palabra con las otras y explicará su significado.

Es así que funciona: no son los estudiosos, los que hacen los vocabularios, los que deciden qué palabras nuevas son bonitas o feas, útiles o inútiles. Cuando una palabra nueva está en boca de todos (o de muchos), entonces el estudioso entiende que esa palabra se ha convertido en una palabra como las otras y la mete en el vocabulario.

Espero que esta respuesta te haya sido útil y te sugiero una última cosa: un bonito libro llamado “Drilla”, escrito por Andrew Clemens. Léelo, quizá junto a tus compañeros y a tu maestra, cuenta una historia como la tuya, la historia de un niño que inventa una palabra e intenta que entre en el vocabulario.

Gracias por habernos escrito,

Un cordial saludo a ti y a tu maestra,

Maria Cristina Torchia             
Redacción de Consultas Lingüísticas
Accademia della Crusca        

Esta historia ha sido publicada en Facebook por la maestra y está circulando desde hace algunos días. No podía no contarla…

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“Decirse los nombres”

Dice el protagonista de “Quién de nosotros” de Benedetti: “me le acerqué y nos dijimos los nombres”. Podría haber dicho ” nos presentamos”, “me presenté”, ” le pregunté cómo se llamaba”, mil formas diferentes y más comunes pero ninguna con la elegancia de “decirse los nombres”. Cuando lo he leído, la segunda cosa que he hecho, después de maravillarme, ha sido pensar que fuera un modo de hablar propio de Uruguay, pero al menos en internet no he encontrado formas similares. Queda sólo la hipótesis de la fineza de Benedetti.

Porque “decirse los nombres” no significa simplemente presentarse, si hubiera escrito “nos presentamos” me habría dejado ese sabor frío de la formalidad y habría seguido leyendo sin detenerme. “Decirse los nombres” va mucho más allá, es un primer desnudo, una confesión, una primera celebración muda de la intimidad. ¿A cuánta gente le hemos dicho nuestro nombre? O mejor dicho ¿a cuántas personas se lo hemos revelado? Porque decirle tu nombre a alguien es como traducir tu propio texto sagrado, descubrirte por lo que eres en realidad y no por lo que esas letras dicen de puertas para fuera.

Así que cuidado con decirle vuestro nombre a alguien, porque estaréis abriendo una puerta que después es imposible cerrar.

Consejos para la escritura de Umberto Eco

Ayer 19 de febrero, ya tarde, falleció el gran Umberto Eco, escritor, filosófo y experto en lengua y semiótica. En uno de sus artículos para su sección “La bustina di Minerva” (“El sobre de Minerva”) en la revista L’Espresso, decidió traducir y adaptar Fumblerules on Grammar, una serie de consejos y normas de decoro para la escritura, de William Safire. Eco por entonces no conocía el autor y dijo haber encontrado la lista en internet. A continuación os propongo la traducción y la adaptación de aquellos que son intraducibles por la diferencia de idioma (señalados con una “a” al final).

  1. Evitad las aliteraciones, aunque alivien a las leves levas (a).
  2. No hay que evitar el subjuntivo, es más, es importante que se usa cuando es necesario.
  3. Evita las frases hechas, están más vistas que el tebeo (a).
  4. Exprésate de forma acorde a la claridad y en modo que se perciba correctamente la idea que puebla tu intelecto (a).
  5. No uses siglas comerciales & abreviaciones, etc.
  6. Recuerda (siempre) que el paréntesis (incluso cuando parece indispensable) interrumpe el hilo de lo que se dice.
  7. Atención a no empacharte… de puntos suspensivos.
  8. Usa la menor cantidad posible de comillas: no es “fino”.
  9. No generalices nunca.
  10. Las palabras extranjeras no dan para nada un bon ton.
  11. Sé parco con las citas. Decía con razón Emerson: “Odio las citas. Dime sólo lo que sabes tú”.
  12. Las comparaciones son como las frases hechas.
  13. No seas redundante; no repitas dos veces lo mismo; repetir es superfluo (por redundancia se entiende la explicación inútil de algo que el lector ya ha entendido).
  14. Sólo los gilipollas usan palabras vulgares.
  15. Sé siempre más o menos específico.
  16. No hagas frases de una sola palabra. Elimínalas.
  17. Huye de las metáforas demasiado osadas: son plumas sobre la piel de una serpiente.
  18. Pon, las comas, en su sitio.
  19. Distingue entre la función del punto y coma y la de los dos puntos: aunque no siempre es fácil.
  20. No uses metáforas incongruentes aunque te parezca que están cantadas: son como un cisne que descarrila.
  21. ¿De verdad que hace falta utilizar preguntas retóricas?
  22. Sé conciso, trata de condensar tus pensamientos en el menor número de palabras posible, evitando frases largas – o interrumpidas por incisos que inevitablemente confunden al lector poco atento- para que lo que dices no contribuya a esa contaminación de la información que es seguramente (sobre todo cuando inútilmente lleno de precisaciones inútiles, o al menos no indispensables) una de las tragedias de este tiempo nuestro dominado por el poder de los medios de comunicación.
  23. Las tildes no tienen que ser ni incorréctas ní inutiles, porque el que lo hace, se equívoca (a).
  24. No se apostrofa un’artículo indeterminado antes del sustantivo masculino (inadaptable al español, donde no hay apóstrofes en los artículos).
  25. ¡No seas enfático! ¡Sé parco con las exclamaciones!
  26. Ni siquiera los peores fans de los barbarismos pluralizan los nombres extranjeros (en italiano las palabras extranjeras permanecen invariadas en el plural, como fan, bar, pub…).
  27. Escribe correctamente los nombres extranjeros como Beaudelaire, Roosewelt, Niezsche y similares.
  28. Nombra directamente los autores y los personajes de los que hablas. Es lo que hacía el escritor lombardo más importante del siglo XIX, el autor de “5 de mayo”.
  29. Al inicio del texto usa la captatio benevolentiae para conquistar al lector (aunque a lo mejor sois tan estúpidos de no entender nada de lo que estoy diciendo).
  30. Cuida con mimo la hortografia (a).
  31. No pongas demasiados puntos y aparte.
    Al menos, no cuando no hace falta.
  32. No uses nunca el pluralis maiestatis. Estamos seguros de que causa una pésima impresión.
  33. No confundas la causa con el efecto: estarías en un error y entonces te habrías equivocado.
  34. No caigas en la tentación de los arcaísmos, hápax legomena u otros lexemas inusitados, ni tampoco deep structures enraizadas que, por mucho que te parezcan epifanías de la diferencia gramatológica derridiana e invitaciones a la deriva deconstructiva pueden exceder las competencias cognitivas del destinatario.
  35. No tienes que ser prolijo, pero tampoco decir menos de lo que.
  36. Una frase completa tiene que tener.

Titiritar de miedo

Hoy quiero entrar en un terreno cenagoso, que lo sería un poco menos si fuéramos capaces de aceptar que los derechos fundamentales del hombre no dependen de nada, porque si lo hicieran ya no serían fundamentales (ya sabéis, el típico caso en que las palabras importan).

Es bastante triste observar cómo la libertad de expresión a menudo es entendida como “libertad de insultarte sin que puedas pestañear” o como “libertad de equiparar argumentos científicamente falsos e incorrectos a la realidad”. “Oye, que yo digo que la ley de gravedad no existe, es mi opinión y la tienes que respetar“… Pues no, verás, eso no es una opinión, es una sandez, pero gracias a la libertad de expresión tú la has dicho y nosotros ya sabemos qué tipo de persona tenemos delante.

¡Con lo fácil y lo bonito que hubiera sido que la famosa obra de títeres de Madrid hubiera acabado en una tomatada como las de toda la vida! Probablemente en ese caso se hubieran ofendido veganos, pequeños agricultores y algún gremio inferior al 0,001% de la población, pero hubiera sido la respuesta más cívica a una obra de guiñoles que, por lo que cuentan, ni había por dónde cogerla ni era indicada para niños.

Pero no: hubo arresto y hay denuncias por enaltecimiento al terrorismo por las frases dichas y los hechos llevados a cabo por unos guiñoles. ¡Qué fácil era ser Charlie cuando el objetivo de las caricaturas era Mahoma y el enemigo el terrorismo integrista! Todos lo fueron, hasta los más reaccionarios. Pero cuando la misma Charlie Hebdo volvió a la carga contra el cristianismo y la Iglesia (o cuando Revista Mongolia hace lo mismo en España) entonces la libertad de expresión ya no valía, porque entonces valían más nuestras creencias y lo políticamente correcto.

Bastaría recordar, o enseñar a quien no lo sabe, que la libertad de expresión funciona en todas las direcciones y que hay dos maneras excelentes de mostrar nuestro rechazo a una cosa que no nos gusta o no nos convence: la primera es rebatirla y ofrecer un pensamiento más sólido, razonado y elaborado que el de nuestros interlocutores, de forma que podamos convencerlos si de verdad están en dialogar. La segunda, que vale siempre que la primera no funcione, es la indiferencia. Y es un arte.

 

P.D. Para quien no lo reconozca, la imagen (tomada de Youtube) es el guiñol de Canal Plus de Julio Anguita, vestido de William Wallace, que arengaba las tropas.