titiriteros

Titiritar de miedo

Hoy quiero entrar en un terreno cenagoso, que lo sería un poco menos si fuéramos capaces de aceptar que los derechos fundamentales del hombre no dependen de nada, porque si lo hicieran ya no serían fundamentales (ya sabéis, el típico caso en que las palabras importan).

Es bastante triste observar cómo la libertad de expresión a menudo es entendida como “libertad de insultarte sin que puedas pestañear” o como “libertad de equiparar argumentos científicamente falsos e incorrectos a la realidad”. “Oye, que yo digo que la ley de gravedad no existe, es mi opinión y la tienes que respetar“… Pues no, verás, eso no es una opinión, es una sandez, pero gracias a la libertad de expresión tú la has dicho y nosotros ya sabemos qué tipo de persona tenemos delante.

¡Con lo fácil y lo bonito que hubiera sido que la famosa obra de títeres de Madrid hubiera acabado en una tomatada como las de toda la vida! Probablemente en ese caso se hubieran ofendido veganos, pequeños agricultores y algún gremio inferior al 0,001% de la población, pero hubiera sido la respuesta más cívica a una obra de guiñoles que, por lo que cuentan, ni había por dónde cogerla ni era indicada para niños.

Pero no: hubo arresto y hay denuncias por enaltecimiento al terrorismo por las frases dichas y los hechos llevados a cabo por unos guiñoles. ¡Qué fácil era ser Charlie cuando el objetivo de las caricaturas era Mahoma y el enemigo el terrorismo integrista! Todos lo fueron, hasta los más reaccionarios. Pero cuando la misma Charlie Hebdo volvió a la carga contra el cristianismo y la Iglesia (o cuando Revista Mongolia hace lo mismo en España) entonces la libertad de expresión ya no valía, porque entonces valían más nuestras creencias y lo políticamente correcto.

Bastaría recordar, o enseñar a quien no lo sabe, que la libertad de expresión funciona en todas las direcciones y que hay dos maneras excelentes de mostrar nuestro rechazo a una cosa que no nos gusta o no nos convence: la primera es rebatirla y ofrecer un pensamiento más sólido, razonado y elaborado que el de nuestros interlocutores, de forma que podamos convencerlos si de verdad están en dialogar. La segunda, que vale siempre que la primera no funcione, es la indiferencia. Y es un arte.

 

P.D. Para quien no lo reconozca, la imagen (tomada de Youtube) es el guiñol de Canal Plus de Julio Anguita, vestido de William Wallace, que arengaba las tropas.

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