expresiones

“Matar el tiempo”

Una de las cosas más fascinantes de las mitologías del pasado ha sido siempre la capacidad para explicar el mundo de una manera tan fácil que todos lo entendían y eran capaces de transmitirlo a las generaciones sucesivas. Cierto, el mundo como era conocido en ese momento y lugar de la Historia, pero el mundo al fin y al cabo.

Un mito que he admirado siempre por su sencilla complejidad es el de Cronos y Zeus. Cronos, o lo que es lo mismo, el Tiempo, una de las mayores obsesiones del hombre, que con su paso inexorable marca todas las etapas del individuo. El mito era claro: el Tiempo, dios supremo, vivía con miedo por la profecía de que un hijo suyo sería capaz de destronarlo. Por eso engullía todos y cada uno de sus descendientes, nada escapaba al Tiempo. Hasta que su mujer logró engañarlo haciéndole tragar una piedra y mandando lejos de su alcance a uno de sus vástagos. Y fue este, Zeus (cuyo genitivo en griego es sencillamente “dios”), quien hizo que la profecía se cumpliera, destronando a su propio padre y convirtiéndose en dios de dioses. “Sólo Dios es capaz de vencer el Tiempo”, viene a decir el mito.

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Una imagen clara, simple, una forma de trazar una de las dos coordenadas que dictan los designios de la raza humana desde su origen. Así que atentos a “matar el tiempo”, porque si uno lo  mata luego se convierte en su propio dios y no puede dejar ya nada al caso, ni culparle de que pasa demasiado rápido o demasiado lento. Mejor dejémoslo donde está, que siga con su ecuánime gobierno y su justo andar.

“Tenerlos cuadrados”

Como es sabido, el pronombre “los” de esta expresión correspondería figuradamente a los testículos de la persona de la que se habla. El hecho de que se le atribuya a estos órganos una forma cuadrangular y no ovoide sería un hecho que le conferiría a la persona en cuestión particular valor, coraje y tenacidad en la vida y en la batalla. La imagen de un testículo cuadrado es tan pintoresca que normalmente la gente no se para a pensar que la expresión pueda tener un origen anatómicamente razonable. Y en cambio parece que así es. Todo gira en torno a la guerra de Julio César en las Galias, concretamente a la campaña contra los aquitanos, en la región francesa de la Gascuña que hoy limita al sur con el País Vasco.  Los aquitanos, que César describía como “ferocissimes”, fueron uno de los pueblos que más quebraderos de cabeza dieron a las legiones romanas, que perdieron numerosos efectivos y recursos combatiéndolos. Como con todas las tribus que encontró, César dejó una descripción de sus costumbres, sus órganos de gobierno y de su atuendo en batalla. Al final de la descripción de los aquitanos escribió una frase que podría ser el origen de la expresión que tratamos: “quadrata testicula habent“. Aunque sería fácil traducir “testicula” por “testículos”, no queda claro si César hablaba de los atributos de los aquitanos (que a menudo luchaban casi desnudos) o si hay que leerlo simplemente como un diminutivo de “testa”, lo que podría hacer referencia a algún tipo de casco o adorno de esta forma. Sin embargo, el hecho de que la expresión haya llegado hasta nosotros con el significado actual parece indicar que la primera interpretación es la correcta. De hecho, esta característica parece que se hizo bastante famosa en la Roma imperial, y Marco Valerio Tiburtino ya en el siglo III d.C. se hace eco varios gladiadores aquitanos que habían alcanzado la fama y la libertad con apodos como “Quadratus”, “Rhombus” y “Poliedricus”.

“Una ful de Estambul”

Para quien no lo sepa, la expresión se refiere a algo que no sólo es de ínfima calidad, sino que, de lo malo, es precisamente lo peor. Su origen parece que se debe a la Guerra del Rif en Marruecos en el primer cuarto del siglo XX. La permanencia para algunos de los soldados españoles en el norte de África fue larga y a menudo difícil; a causa de la complejidad del conflicto y de los frecuentes bloqueos marítimos, en ocasiones era difícil procurarse hasta los bienes de primera necesidad. Una de las cosas que más echaban de menos los soldados en Marruecos era el tabaco de la península, que se agotaba rápidamente cuando llegaba y a veces no daba ni siquiera para todos los efectivos desplazados. Por este motivo muchos de los soldados comenzaron a fumar algunos de los productos locales, de los que el más común era el “al-fuhl”, una especie de precedente del moderno hachís. El “al-fuhl” (que los españoles llamaban “la ful”)  estaba hecho sobre todo de sobras y desperdicios de otras hierbas, por lo que su calidad era bastante mediocre. Durante algunos pasajes de la guerra el bloqueo y el control fueron tales que al norte de Marruecos no llegaba ni siquiera el comercio interior, por lo que la única vía de entrada y salida era la carretera que lo conectaba con otros países del este: Argelia, Libia, Egipto, Turquía… A menudo “la ful” llegaba sólo por esta única ruta, y empobrecido hasta tal punto que a veces los soldados ni siquiera sabían qué estaban fumando. Es por eso que comenzaron a llamar aquello que se llevaban a la boca “la ful de Estambul”, no sólo porque la capital turca rimaba con “ful”, sino también para indicar la procedencia del producto, que tras haber atraversado diferentes países llegaba a sus manos en penosas condiciones.

Moctezuma junto al Quiahuitlacapoc

“Como el que oye llover”

Para quien no lo sepa, “como el que oye llover” es una expresión que se refiere a alguien que no presta atención a lo que decimos, que oye pero no está concentrado en la conversación. Su origen se remonta a la llegada de los conquistadores españoles a América, concretamente a su encuentro con los aztecas en 1519. Cuando Hernán Cortés se reunió con Moctezuma, el emperador americano llegó con todo su séquito, en el que se incluía un joven muchacho que ocupaba el cargo de Quiahuitlacapoc, una especie de sacerdote de Tlaloc, dios azteca de la lluvia. El Quiahuitlacapoc (que viene de quiahuitl, lluvia, y de acapoc, escuchar, sentir) tenía la función de escuchar e interpretar el sonido de la lluvia, ya que los aztecas creían que Tlaloc les enviaba mensajes a través de cada aguacero, ya fueran proféticos (pluviomancia) o, sencillamente, de orientación y organización de la vida y la sociedad. Este Quiahuitlacapoc llamó poderosamente la atención de los soldados españoles, que lo veían presente en los encuentros entre Moctezuma y Cortés pero ensimismado, ajeno a la conversación y escuchando la lluvia mientras su emperador se jugaba la suerte de su imperio. Tanto les sorprendió su papel y su abstracción que acabó siendo el centro de sus burlas. “El que oye llover”, como le apodaron, pasó a tener por tanto su significado actual, el de alguien presente en una conversación pero perdido en sus propios pensamientos.

“Más blando que la mierda (de) pavo”

Una expresión sobre la que no hay que investigar mucho su origen. Todo el mundo sabe que los excrementos del pavo son casi líquidos, por lo que decir de alguien que es todavía más blando que esto es un claro insulto sobre la integridad moral de la persona en cuestión. Se puede investigar si cabe por qué se hizo tan popular este término de comparación. ¿Por qué “la mierda (de) pavo” y no la de gallina, por ejemplo? No podemos contestar con certeza a esta pregunta, pero podemos indicar la existencia de unos versos que se hicieron populares a raíz del regreso de Fernando VII en 1812, tras el “exilio” en Francia. Parecen unos tercetos de un soneto satírico y el autor (si es que fue uno solo) no ha querido dejar su firma sobre ellos, temiendo quizá represalias de “El Deseado”. Su transmisión hubo de ser sobre todo oral, ya que la primera transcripción de la que tenemos noticia es de 1819, en un papel doblado que alguien dejó escondido dentro de un ejemplar de la “Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos” de Vasari, conservado en la Biblioteca Nacional.

Idiota, ignorante, bobalicón,
alimaña, perro cobarde sin rabo,
rata cruel, sucio mono cagón.

Con este séptimo que no haya octavo,
que nadie soporta al puto Borbón
que es que es más blando que la mierda pavo.

“Irse al garete”

Cuando algo se va al garete significa que ha salido mal, que lo que fuera no ha tenido un desenlace positivo. Es una expresión de la que se ha perdido casi por completo el conocimiento de su procedencia, ya que nació en un contexto muy concreto que con los años se ha ido difuminando. El motivo es que “garete” no significa nada en español, por lo que no es fácil intuir su origen. Como alguno habrá imaginado, El Garete era un lugar físico, concretamente un pequeño pueblo en la provincia de Albacete; un pueblo del que hoy no queda más que la expresión y algunas ruinas de casas populares. El motivo por el que un pueblo tan pequeño ha dejado una expresión tan conocida es que El Garete fue un importantísimo lugar de encuentro durante la Guerra de Sucesión española. Concretamente era el lugar donde se tenían que reunir la mayoría de las tropas de la alianza anglo-luso-holandesa, representada sobre el campo de batalla por el marqués Das Minas y el marqués de Ruvigny. Los aliados habían elegido este remoto punto de encuentro por dos motivos: el primero por su cercanía a Almansa y a otras poblaciones limítrofes (donde finalmente se libraría la batalla) y el segundo porque al ser un lugar tan poco conocido en medio de la gran llanura manchega era un sitio perfecto para acumular hombres sin que el enemigo borbónico pudiera sospechar nada. Hete aquí que, sin que haya sabido nunca muy bien por qué (probablemente un soplo), el duque de Berwick, general de los defensores de Felipe V, se enteró del lugar de encuentro. Berwick, en una gran maniobra, no atacó frontalmente El Garete, sino que se apostó en diferentes lugares para atacar uno a uno los destacamentos que se dirigían al punto de reunión y así poder derrotarlos fácilmente sin necesidad de arriesgar muchos hombres. Cuando los aliados se quisieron dar cuenta de que El Garete se estaba convirtiendo en la tumba de mitad de su ejército, era demasiado tarde. Al pasar revista el listado era estremecedor: más de 30 regimientos habían ido a El Garete, por lo que la batalla de Almansa al final fue un rotundo fracaso para Das Minas y Ruvigny. Evidentemente la anécdota no pasó desapercibida ni para los aliados ni para los borbónicos, por lo que no tardó en fraguarse la expresión “irse al garete” entendiendo precisamente algo que termina inexorablemente mal. Con el éxodo rural y el abandono del pueblo a mediados del siglo XIX el origen de la expresión comenzó a desdibujarse, y a comienzos del siglo XX eran ya muy pocos los que lo conocían.

“Para gustos los colores”

La expresión, lo digo por si alguien no la conoce, explica que existen tantos gustos como colores en la naturaleza, es decir, un número infinito. Normalmente se dice que la expresión no es más que una traducción más animada de la máxima latina “De gustibus non est disputandum”, que se puede traducir directamente por “no hay que pelear por los gustos”. Sin embargo hay otra historia, que pocos saben, que también ha influido mucho en la difusión de esta cotidiana expresión. Es la que habla del sueco Jesper Edborg y sus hijos, todos pintores activos en Madrid en el siglo XVIII. Poco se sabe con certeza de esta familia, pero las pocas noticias que de ellos tenemos la dibujan como algo excéntrica y no muy integrada en la vida social de la capital. Se sabe por ejemplo que el mayor de los tres hijos, Olaf, no comía lechuga ni espinacas porque decía que él no podía comer nada de color verde. La rareza de la familia se consumó y se hizo popular tras la muerte del padre, que quiso que su testamento fuera leído en solemne ceremonia en la recién creada Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El documento dice: “Lego todas mis pertenencias que no aparezcan en este testamento a la Real Academia. Esta es la dotación que lego a mis hijos: a Olaf dejo mis corbatas amarillas y mis calzas con agujeros; después, a Gabriel mis poemas inacabados con la obligación de terminarlos con plumas de oca francesa; en definitiva, para Gustovs los colores”. Obviamente después de esta última frase estalló una gran carcajada en la sala, mientras que los Edborg abandonaron la academia ofendidos por la incomprensión del carácter de su padre, que no fue respetado ni siquiera tras su muerte. Poco se supo a partir de entonces de esta familia, que sin embargo ayudó a consolidar una de las frases más comunes de la lengua española.

“Oro del que cagó el moro”

La expresión, para quien no la conozca, se utiliza para poner en duda la autenticidad de algo que es presentado como precioso y de gran calidad. Su origen se remonta, como no podía ser menos, al periodo de presencia musulmana en la península ibérica, concretamente a su época final en el siglo XV. Una vez que Boabdil fue expulsado de Granada por los Reyes Católicos, fijó su residencia en Laujar de Andarax, en Almería. Fue allí donde fueron a buscarle unos emisarios de Isabel y Fernando, para exigirle que restituyera a la Corona de Castilla 100.000 maravedís que los reyes estimaban que habían desaparecido de las arcas de la ciudad de Granada. Boabdil, sumido en una gran crisis política y financiera, tuvo una ocurrencia que le acabaría salvando la vida. No disponiendo del dinero que se le requería, pero no pudiendo dejar que sus enemigos lo supieran, ideó una estratagema para ganar tiempo y poder embarcarse rumbo al norte de África. Boabdil alegó ante los emisarios que estaba preocupado por su regreso a Granada, pues estaba seguro de que su palacio estaba lleno de espías, y si se enteraban de que volverían con semejante cantidad de dinero, serían asaltados con toda seguridad antes de volver a terreno seguro, por lo que ellos morirían y los reyes de Castilla no recuperarían uno solo de los maravedís. Por eso propuso a los emisarios lo siguiente: ellos volverían aparentemente sin cofres ni dinero, pero se llevarían como rehenes diez de sus criados más cercanos, incluído el fanático imán Abd-Allah Ibn Qumrasem. Cada uno de ellos, antes del viaje, tragaría mediante una técnica especial nazarí una cantidad de oro y gemas suficiente para entre todos pagar su deuda con los reyes cristianos. A su llegada a Granada, los diez siervos defecarían su parte del dinero y todos quedarían en paz.

Sin embargo los emisarios españoles, Pedro Pablo Ajofrín y Cancio Doménech, fueron engañados, pues lo que tragaron los criados del sultán no fue otra cosa que pasta de almendra modelada y coloreada. Al llegar a Granada los musulmanes fueron llevados a las letrinas de la Alhambra, donde fueron custodiados día y noche. Cada vez que uno de ellos hacía sus necesidades, los guardias escarbaban entre las heces esperando ver salir algún rubí o alguna moneda de oro. Obviamente, no tardó en descubrirse que todo había sido un engaño y que Boabdil se había marchado con el dinero. Fue entonces que empezó a utilizarse la expresión que nos ocupa, casi como una coletilla cuando alguien aseguraba que un objeto estaba heho de oro. “Sí, sí, oro del que cagó el moro“.