“Dar la palabra”

Decía Voltaire que después de su sangre lo más personal que puede dar un hombre es una lágrima. Probablemente se olvidó de la palabra, porque la palabra lo es todo. Para el ser humano es casi inalcanzable aquello para lo que no es capaz de utilizar una palabra. Por eso al principio fue la palabra, porque si no, no habríamos entendido ni siquiera que aquello era un principio, o que el principio podía ser como no ser. Pero la palabra fue, y fue el inicio de todo y hoy en día la damos, la recibimos (a menudo desconfiados), la medimos o incluso nos la comemos, como si nos hiciera ganar tiempo cuando hablamos. Disfrutamos la sobremesa sólo porque a algún genio se le ocurrió darle un nombre al tiempo que pasamos sentados a la mesa después de haber comido. Alguien le dio una palabra, y con ella la existencia, la tangibilidad. Y aunque a menudo nos parezca que está todo inventado, faltan las palabras para hablar de algunos momentos, y no me refiero ya al primer beso o al nacimiento de un hijo, sino a ese brillo de felicidad completa que a veces nos pasa casi de largo dejando sólo una estela de calma, o a esa sonido de puerta que se abre cuando leemos un verso memorable por primera vez, o a ese poquito de vejez que se nos viene encima justo después, cuando nos damos cuenta de que a partir de ese momento podremos sólo releerlo.

Cuando ya no nos queda nada recurrimos a ella como parte de nuestra esencia: “te doy mi palabra“. Es extraño que para esta frase no haya una respuesta automática que sea “¿cuál es tu palabra?“. Porque palabras hay millones pero yo la tuya no la conozco. O a lo mejor sí, pero será mejor que me la expliques tú, con tus propias palabras.

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Ser el hazmerreír

Me pregunto cómo algo tan fundamental para la vida del hombre, como la risa, pueda desembocar en expresiones y palabras que no sólo no la dignifican, sino que la denigran y la convierte en algo malo. Basta pensar en el significado actual de la palabra “ridículo”, cuya etimología (que no emitología, atención) la encontramos en el verbo “reír”. ¿Por qué algo que causa risa termina siendo ridículo? ¿Por qué es malo (en la acepción más filosófica de la palabra) ser el hazmerreír de la gente? Casi todos hemos dicho en alguna ocasión a nuestra pareja: “hacerte reír es la cosa más bella de este mundo”. Y nos quedamos enredados en la carcajada amada como si fuera agua de vida, casi como si fuéramos capaces de rejuvenecer escuchando ese sonido primordial. Pero después la rechazamos como síntoma de falta de seriedad. “Al principio fue el verbo”, dice el libro del Génesis. “Y después, la risa”, se podría añadir. Y más tarde, el prejuicio contra ella, su defenestración, cuando decimos orgullosos “yo no me estoy riendo”, o cuando nuestro argumento ha agotado sus fuerzas y amenazamos: “no te rías”. Oscilamos de su necesidad a su rechazo olvidando cualquier rastro de coherencia. A veces incluso la utilizamos como comodín, “me río por no llorar”, como si fuera posible sustituir las lágrimas del dolor por aquellas de la risa. Será que los extremos se acaban tocando y las lágrimas pueden ser terriblemente ambiguas, o que ” al final, la risa acaba en llanto”. En definitiva, “en todas las bodas se llora y en todos los funerales se ríe”. Así que evitemos las catarsis: no riamos, no lloremos, mejor un rostro seco que una lágrima de la que tengamos que descubrir (o inventarnos) su origen.

“Perder el hilo”

No nos damos cuenta cuando lo decimos de lo drámatico que puede ser “perder el hilo”. El hilo en la mitología clásica es símbolo de vida, tejido y cortado por las parcas para recordarnos, entre otras cosas, que más allá de nuestras acciones nuestro destino depende de unas manos caprichosas.

Pero el hilo más famoso, y más banalizado, es el que Ariadna entrega a Teseo para salir del laberinto una vez haya matado al minotauro. La mayoría de las veces se habla sólo de la hazaña de acabar con el monstruo, como si fuera más digno de admiración que hallar el modo de salir de aquella ciudad de pasillos y recodos. Y en cambio es exactamente el contrario. Cualquiera hubiera sido capaz de entrar en la casa de Asterión y terminar con su vida (“apenas se defendió”, nos exlica Borges). Lo difícil era en cambio salir después de haberlo hecho.

perder el hilo

Es por eso que perder el hilo es una cosa gravísima, porque aunque hayamos alcanzado la primera parte de nuestra gesta particular, nos deja atrapados y sin nadie a quien contarla, sin nadie con quien compartir nuestra proeza (o nuestro fracaso). Más o menos como sucede con la escritura. Todos somos capaces de imaginar poemas y novelas que vayan más allá de todas y cada una de las bellezas. Pero después hay que materializarlas, hay que seguir el hilo de nuestra idea o nuestra creación desde el minotauro moribundo hasta la salida en papel, hermosa Ariadna que nos espera con los brazos abiertos…

Nada somos sin hilo, nada, apenas un héroe egoísta con una espada ensangrentada.

“Matar el tiempo”

Una de las cosas más fascinantes de las mitologías del pasado ha sido siempre la capacidad para explicar el mundo de una manera tan fácil que todos lo entendían y eran capaces de transmitirlo a las generaciones sucesivas. Cierto, el mundo como era conocido en ese momento y lugar de la Historia, pero el mundo al fin y al cabo.

Un mito que he admirado siempre por su sencilla complejidad es el de Cronos y Zeus. Cronos, o lo que es lo mismo, el Tiempo, una de las mayores obsesiones del hombre, que con su paso inexorable marca todas las etapas del individuo. El mito era claro: el Tiempo, dios supremo, vivía con miedo por la profecía de que un hijo suyo sería capaz de destronarlo. Por eso engullía todos y cada uno de sus descendientes, nada escapaba al Tiempo. Hasta que su mujer logró engañarlo haciéndole tragar una piedra y mandando lejos de su alcance a uno de sus vástagos. Y fue este, Zeus (cuyo genitivo en griego es sencillamente “dios”), quien hizo que la profecía se cumpliera, destronando a su propio padre y convirtiéndose en dios de dioses. “Sólo Dios es capaz de vencer el Tiempo”, viene a decir el mito.

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Una imagen clara, simple, una forma de trazar una de las dos coordenadas que dictan los designios de la raza humana desde su origen. Así que atentos a “matar el tiempo”, porque si uno lo  mata luego se convierte en su propio dios y no puede dejar ya nada al caso, ni culparle de que pasa demasiado rápido o demasiado lento. Mejor dejémoslo donde está, que siga con su ecuánime gobierno y su justo andar.

Emitologías S02E01

Uno de septiembre y yo con estos pelos… “¿Ya no escribes en el blog? ¿Se han acabado las emitologías?”. Preguntas que no sólo me hace la gente, me las hago yo mismo a menudo. “No tengo tiempo”, me respondo, y aunque sea (como siempre esta frase) una verdad a medias, lo cierto es que el nuevo trabajo me deja pocas horas verdaderamente útiles a lo largo del día. “¿Entonces? ¿Se acabó?”. Espero que no.

Las emitologías, tal como las entendía, tenían en cualquier caso una fecha de caducidad: no se puede estar inventando orígenes de expresiones hasta el infinito. O se puede, pero se vuelven artificiales, exageradas, forzadas, y pierden el poco o mucho valor que pudieran tener. Por eso hay que evolucionar, incluso hacia algo que mientras escribo estas líneas no tengo muy claro qué puede ser. Pero ha de ser. Porque al fin y al cabo Emitologías es un blog de una persona a la que le gusta mucho escribir.

El único matiz que creo tener claro es que me gustaría que Emitologías dejara de ser un blog tan “diurno” para convertirse en algo más recogido, más cercano a este otoño agazapado con su lluvia y sus hojas amarillas. Esbozos, garabatos, más acuarela y menos dibujo. No tengo ni idea de dónde acabaremos o si habrá alguien interesado en el cambio de ruta. De hecho, “segundas partes nunca fueron buenas”, pero mejor una segunda mediocre a ninguna, ¿no? Veamos qué da de sí este nuevo curso…

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“Tenerlos cuadrados”

Como es sabido, el pronombre “los” de esta expresión correspondería figuradamente a los testículos de la persona de la que se habla. El hecho de que se le atribuya a estos órganos una forma cuadrangular y no ovoide sería un hecho que le conferiría a la persona en cuestión particular valor, coraje y tenacidad en la vida y en la batalla. La imagen de un testículo cuadrado es tan pintoresca que normalmente la gente no se para a pensar que la expresión pueda tener un origen anatómicamente razonable. Y en cambio parece que así es. Todo gira en torno a la guerra de Julio César en las Galias, concretamente a la campaña contra los aquitanos, en la región francesa de la Gascuña que hoy limita al sur con el País Vasco.  Los aquitanos, que César describía como “ferocissimes”, fueron uno de los pueblos que más quebraderos de cabeza dieron a las legiones romanas, que perdieron numerosos efectivos y recursos combatiéndolos. Como con todas las tribus que encontró, César dejó una descripción de sus costumbres, sus órganos de gobierno y de su atuendo en batalla. Al final de la descripción de los aquitanos escribió una frase que podría ser el origen de la expresión que tratamos: “quadrata testicula habent“. Aunque sería fácil traducir “testicula” por “testículos”, no queda claro si César hablaba de los atributos de los aquitanos (que a menudo luchaban casi desnudos) o si hay que leerlo simplemente como un diminutivo de “testa”, lo que podría hacer referencia a algún tipo de casco o adorno de esta forma. Sin embargo, el hecho de que la expresión haya llegado hasta nosotros con el significado actual parece indicar que la primera interpretación es la correcta. De hecho, esta característica parece que se hizo bastante famosa en la Roma imperial, y Marco Valerio Tiburtino ya en el siglo III d.C. se hace eco varios gladiadores aquitanos que habían alcanzado la fama y la libertad con apodos como “Quadratus”, “Rhombus” y “Poliedricus”.

“Una ful de Estambul”

Para quien no lo sepa, la expresión se refiere a algo que no sólo es de ínfima calidad, sino que, de lo malo, es precisamente lo peor. Su origen parece que se debe a la Guerra del Rif en Marruecos en el primer cuarto del siglo XX. La permanencia para algunos de los soldados españoles en el norte de África fue larga y a menudo difícil; a causa de la complejidad del conflicto y de los frecuentes bloqueos marítimos, en ocasiones era difícil procurarse hasta los bienes de primera necesidad. Una de las cosas que más echaban de menos los soldados en Marruecos era el tabaco de la península, que se agotaba rápidamente cuando llegaba y a veces no daba ni siquiera para todos los efectivos desplazados. Por este motivo muchos de los soldados comenzaron a fumar algunos de los productos locales, de los que el más común era el “al-fuhl”, una especie de precedente del moderno hachís. El “al-fuhl” (que los españoles llamaban “la ful”)  estaba hecho sobre todo de sobras y desperdicios de otras hierbas, por lo que su calidad era bastante mediocre. Durante algunos pasajes de la guerra el bloqueo y el control fueron tales que al norte de Marruecos no llegaba ni siquiera el comercio interior, por lo que la única vía de entrada y salida era la carretera que lo conectaba con otros países del este: Argelia, Libia, Egipto, Turquía… A menudo “la ful” llegaba sólo por esta única ruta, y empobrecido hasta tal punto que a veces los soldados ni siquiera sabían qué estaban fumando. Es por eso que comenzaron a llamar aquello que se llevaban a la boca “la ful de Estambul”, no sólo porque la capital turca rimaba con “ful”, sino también para indicar la procedencia del producto, que tras haber atraversado diferentes países llegaba a sus manos en penosas condiciones.

Moctezuma junto al Quiahuitlacapoc

“Como el que oye llover”

Para quien no lo sepa, “como el que oye llover” es una expresión que se refiere a alguien que no presta atención a lo que decimos, que oye pero no está concentrado en la conversación. Su origen se remonta a la llegada de los conquistadores españoles a América, concretamente a su encuentro con los aztecas en 1519. Cuando Hernán Cortés se reunió con Moctezuma, el emperador americano llegó con todo su séquito, en el que se incluía un joven muchacho que ocupaba el cargo de Quiahuitlacapoc, una especie de sacerdote de Tlaloc, dios azteca de la lluvia. El Quiahuitlacapoc (que viene de quiahuitl, lluvia, y de acapoc, escuchar, sentir) tenía la función de escuchar e interpretar el sonido de la lluvia, ya que los aztecas creían que Tlaloc les enviaba mensajes a través de cada aguacero, ya fueran proféticos (pluviomancia) o, sencillamente, de orientación y organización de la vida y la sociedad. Este Quiahuitlacapoc llamó poderosamente la atención de los soldados españoles, que lo veían presente en los encuentros entre Moctezuma y Cortés pero ensimismado, ajeno a la conversación y escuchando la lluvia mientras su emperador se jugaba la suerte de su imperio. Tanto les sorprendió su papel y su abstracción que acabó siendo el centro de sus burlas. “El que oye llover”, como le apodaron, pasó a tener por tanto su significado actual, el de alguien presente en una conversación pero perdido en sus propios pensamientos.

Microcuentos (II)

“Más blando que la mierda (de) pavo”

Una expresión sobre la que no hay que investigar mucho su origen. Todo el mundo sabe que los excrementos del pavo son casi líquidos, por lo que decir de alguien que es todavía más blando que esto es un claro insulto sobre la integridad moral de la persona en cuestión. Se puede investigar si cabe por qué se hizo tan popular este término de comparación. ¿Por qué “la mierda (de) pavo” y no la de gallina, por ejemplo? No podemos contestar con certeza a esta pregunta, pero podemos indicar la existencia de unos versos que se hicieron populares a raíz del regreso de Fernando VII en 1812, tras el “exilio” en Francia. Parecen unos tercetos de un soneto satírico y el autor (si es que fue uno solo) no ha querido dejar su firma sobre ellos, temiendo quizá represalias de “El Deseado”. Su transmisión hubo de ser sobre todo oral, ya que la primera transcripción de la que tenemos noticia es de 1819, en un papel doblado que alguien dejó escondido dentro de un ejemplar de la “Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos” de Vasari, conservado en la Biblioteca Nacional.

Idiota, ignorante, bobalicón,
alimaña, perro cobarde sin rabo,
rata cruel, sucio mono cagón.

Con este séptimo que no haya octavo,
que nadie soporta al puto Borbón
que es que es más blando que la mierda pavo.