“Ser el abuelo Cebolleta”

Acabo de leer la entrevista de JotDown a Arturo Pérez Reverte y no puedo evitar dejarme llevar por su bien entendida mala leche. A un señor que ha sido corresponsal de guerra, entre otros sitios en Irak y en los Balcanes, hay muy pocas cosas que le puedas contestar, no digo ya rebatir, claro. Más bien hay que sentarse, escuchar (o leer) y callar. Aunque te caiga mal, aunque no te gusten sus formas, aunque te parezca un perfecto gilipollas (o no). Y a mis treinta y tres años lo que me produce leerle es una mal velada afinidad por ser un rancio, todo un abuelo Cebolleta como el de los tebeos. Lees que se ha negado a aceptar “este”, “ese” y “aquel” sin tilde cuando funcionan como pronombres y te recorre un gustillo por el espinazo difícil de clasificar. No hace falta dejarse llevar por su complaciente autorretrato de aventurero indómito, basta leer dos o tres de esas verdades “incómodas” (comillas más necesarias que nunca) para que afloren todos esos conatos de odio que nos vemos obligados a reprimir a diario.

Yo leo mucho, me he leído todo Zafón y mi libro preferido es ‘Los Pilares de la Tierra’“. Y a lo mejor no sabe cómo se llama el presidente de Francia, pero “lee” mucho de eso que la gente cuenta que vale para ser un gran lector. Si lees veinte artículos de periódico al día (más allá del titular y del retweet) pero no vas en el autobús con un tocho no eres el gran lector que dices, si has leído cien veces cuatro o cinco poemas que han evitado que enloquezcas en algún momento de tu vida con suerte serás sólo un tipo raro, si crees que la gente no debería ni asomarse a un colegio electoral sin haber estudiado durante un mes el “Crátilo” de Platón no puedes esperar que no te miren mal.

La persona de Pérez Reverte es una exhortación a ser uno mismo, aunque sólo en el caso de que uno sea un déspota ilustrado (más o menos amable), a decir lo que se quiere sin preocuparse de todos aquellos que no entenderán jamás lo que tienen escrito delante de sus narices porque tienen la misma comprensión lectora de un escáner, a conformarse con llegar (de verdad) a unos pocos en vez de buscar la popularidad entre los ignorantes. A darse cuenta de que no hace falta escribir novelas y venderlas para considerarse un escritor con todas las letras.

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