“La cara es el espejo del alma”

Hay una cosa en esta expresión que siempre he visto como una especie de contradicción. Si el alma está dentro de uno mismo, ¿cómo puede ser la cara su espejo? Debería ser casi lo contrario, un sencillo cristal a través del que pasase una imagen nítida de lo que hay dentro de cada uno. Diciendo que es un espejo, parece más bien que en el rostro de una persona los demás podemos reflejarnos y ver por un momento qué hay en nuestro interior. En cualquier caso, lo importante es la consigna de que en la cara de cada uno se hallan cientos de matices de su persona, donde la palabra “persona” podemos entenderla casi como en el teatro griego clásico, como una de esas máscaras que con un rasgo exagerado defome el tipo de personaje que representa. Cierto, no podemos juzgar el libro sólo por la portada y las apariencias engañan, pero a medida que conocemos a alguien casi es inevitable asociar cada fragmento de su personalidad a un gesto, a una mirada o a un tipo determinado de sonrisa. Utilizamos su rostro como un mapa sobre el que ir señalando los lugares que hemos visitado y los pormenores que hemos ido descubriendo. ¿Qué sucede sin embargo con los desconocidos? ¿Qué sucede con todas esas decenas de perfectos desconocidos que encontramos a diario y con los que cruzamos al menos una media mirada? ¿Acaso no fantaseamos con su biografía a partir de un detalle insignificante? “¿Está triste o es su mirada normal? ¿Si lo está, por qué lo está? Y si no lo está, ¿cómo es que tiene una mirada tan apagada?“. A menudo son puras conjeturas lanzadas para pasar el tiempo mientras se espera un autobús, otras veces en cambio estamos tan seguros de nuestro pronóstico que podemos defenderlo con pruebas irrefutables como el libro que está leyendo, el tono de voz cuando habla por teléfono o la decisión de seguir o ignorar la moda del momento. Miradas, personas, en una época en la que todos corremos y en la que cada vez nos detenemos menos a observar lo que sucede a nuestro alrededor a pesar de las cantidades ingentes de estímulos que nos rozan cada día.

Por todo esto utilizaré Twitter – Emitologías para escribir microrretratos (y no tan micro) de aquellos desconocidos que encontraré y que llamarán mi atención por algún motivo o incluso por la falta de motivos. Hubo alguien que dijo que observar a la gente era el mayor entretenimiento del público y encima era gratis. Yo creo además que cuanto más miramos a los demás menos nos cuesta conocernos, como si de verdad en este caso la cara fuera el espejo del alma y fuéramos capaces de ver finalmente qué es lo que tenemos ahí dentro que (pensamos que) nos hace tan diferentes respecto a los más.

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