“Irse al garete”

Cuando algo se va al garete significa que ha salido mal, que lo que fuera no ha tenido un desenlace positivo. Es una expresión de la que se ha perdido casi por completo el conocimiento de su procedencia, ya que nació en un contexto muy concreto que con los años se ha ido difuminando. El motivo es que “garete” no significa nada en español, por lo que no es fácil intuir su origen. Como alguno habrá imaginado, El Garete era un lugar físico, concretamente un pequeño pueblo en la provincia de Albacete; un pueblo del que hoy no queda más que la expresión y algunas ruinas de casas populares. El motivo por el que un pueblo tan pequeño ha dejado una expresión tan conocida es que El Garete fue un importantísimo lugar de encuentro durante la Guerra de Sucesión española. Concretamente era el lugar donde se tenían que reunir la mayoría de las tropas de la alianza anglo-luso-holandesa, representada sobre el campo de batalla por el marqués Das Minas y el marqués de Ruvigny. Los aliados habían elegido este remoto punto de encuentro por dos motivos: el primero por su cercanía a Almansa y a otras poblaciones limítrofes (donde finalmente se libraría la batalla) y el segundo porque al ser un lugar tan poco conocido en medio de la gran llanura manchega era un sitio perfecto para acumular hombres sin que el enemigo borbónico pudiera sospechar nada. Hete aquí que, sin que haya sabido nunca muy bien por qué (probablemente un soplo), el duque de Berwick, general de los defensores de Felipe V, se enteró del lugar de encuentro. Berwick, en una gran maniobra, no atacó frontalmente El Garete, sino que se apostó en diferentes lugares para atacar uno a uno los destacamentos que se dirigían al punto de reunión y así poder derrotarlos fácilmente sin necesidad de arriesgar muchos hombres. Cuando los aliados se quisieron dar cuenta de que El Garete se estaba convirtiendo en la tumba de mitad de su ejército, era demasiado tarde. Al pasar revista el listado era estremecedor: más de 30 regimientos habían ido a El Garete, por lo que la batalla de Almansa al final fue un rotundo fracaso para Das Minas y Ruvigny. Evidentemente la anécdota no pasó desapercibida ni para los aliados ni para los borbónicos, por lo que no tardó en fraguarse la expresión “irse al garete” entendiendo precisamente algo que termina inexorablemente mal. Con el éxodo rural y el abandono del pueblo a mediados del siglo XIX el origen de la expresión comenzó a desdibujarse, y a comienzos del siglo XX eran ya muy pocos los que lo conocían.

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