“Estar a dos velas”

El origen de la expresión se retrotrae al Madrid del siglo XVII. Algunas fuentes han dejado noticia de un juego que se extendió entre la juventud de la época llamado “Giuego de la dieç velas”. Se convirtió en una costumbre en las citas románticas que las pretendidas llevaran consigo diez velas, que encenderían al comienzo de la cena. A medida que se fueran sintiendo cómodas y agasajadas por sus pretendientes las irían apagando progresivamente. Obviamente, había “trucos” que permitían acelerar el juego. Normalmente retirar la silla y sentarse después de la mujer suponía ya una vela menos mientras que la elección de un buen vino podía conllevar hasta tres velas apagadas de golpe. El objetivo era quedarse con una sola vela encendida, lo que significaba que la mujer estaba preparada para que el hombre la besara; normalmente llegados a este punto poco después se apagaba la última y comenzaba lo que el juego llamaba “el feliç gustar de Cupido”. Obviamente, si la velada (nunca mejor dicho) terminaba con dos velas todavía encendidas no sucedía nada de carnal y la mujer volvía a dormir a su casa. Es por eso que comenzó a extenderse la expresión “estar a dos velas” o “quedarse a dos velas” para indicar la falta de fortuna en el amor.

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