“Tener la cara muy dura”

Después de la quiebra de 1627 durante el reinado de Felipe IV, en España proliferaron las imitaciones de algunas de las monedas de mayor circulación, como el escudo o el real. Los hubo incluso más osados que se lanzaron a la reproducción del doblón de oro, una moneda de alto valor con la que se podían adquirir alimentos en abundancia para una familia media. Como nadie iba a ir al mercado a comprar con un doblón, los falsificadores se dirigían primero a los cambistas, de los que intentaban obtener las monedas más pequeñas. Al inicio pocos se dieron cuenta de la falsedad de los nuevos doblones, pero poco a poco empezó a correrse la voz de que las monedas trucadas presentaban imperfecciones en la parte de la cara, donde se acumulaba la mayor parte del hierro de la aleación, mientras que el estaño iba a parar a la cruz. Por lo tanto de estas monedas se decía que tienen “la cruz muy blanda y la cara muy dura”, una frase que pronto se acortó a la segunda parte, dando pie a la palabra “caradura” con la que se referían a los falsificadores.

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